Maqueta de “Mis días con el dragón”

El lunes pasado estuve en el Instituto Sáenz, de Lomas de Zamora, donde más de sesenta chicos, con sus maestras, leyeron mi libro Mis días con el dragón. Me recibieron muy bien, me hicieron muchas preguntas, me dieron dos carpetas con sus dibujos del dragón, me invitaron con café y masitas. Una fiesta.

Pero hubo algo más, inesperado. Una familia, por propia iniciativa, hizo esta maqueta. Y no solo eso: me la regalaron.

Tiene unos 55 cm de ancho. Está hecha de telgopor, palitos de helado, papeles, tela…

Incluye una planta auténtica, con su maceta…

Una biblioteca…

Está el narrador (¿o el autor?) leyendo…

… mientras el dragón escucha atentamente.

Una joya. Una sorpresa. Y ni siquiera sé el nombre de quienes dedicaron tanta creatividad (y trabajo) para que yo tuviera el placer de traer este objeto único a mi casa.

Estoy muy agradecido a todos. A quienes hicieron la maqueta. A los chicos que leyeron el libro, a las maestras que los guiaron y acompañaron, a la escuela que me invitó y me trató tan bien. Y también a Daniel Lopes, de Crecer Creando, que tuvo la paciencia de llevarme, estar, traerme, y conversar en el camino.

Aceituna

La blanquecina luz de la luna
que ilumina una pared de mi casa
torna de un color aceituna
a todo automóvil que pasa.

Así empieza una poesía con la que alcancé (digamos) la fama, a los nueve años, cuando gané el Primer Concurso de Poesía Infantil de Ramos Mejía.

El concurso se hizo un domingo, en la plaza principal, entre la estación y la iglesia. Había un Concurso de Pintura Infantil, que se venía haciendo cada año, y esa vez le agregaron el de Poesía.

La plaza era una fiesta de chicos con pinturitas y hojas canson, vistosos, creativos, llevados y vigilados por sus padres, que de a poco los convencían de abandonar esas manchas abstractas para hacer casitas, árboles, banderas, el retrato de la familia.

En medio del tumulto, los pequeños escritores, seguramente pocos, sin color y sin despliegue, éramos invisibles.

A los pocos días anunciaron la lista de premiados. Nueve en pintura, tres en poesía. La entrega de los premios se hizo en la sala del club que organizaba todo. Club o sociedad de fomento, no sé. Había mucha gente.

En el escenario, varios adultos y un micrófono. Empezaron llamando, uno por uno, a los ganadores del concurso de pintura. Cuando era una nena le daban una muñeca. Pero cuando era un chico le daban una pelota de fútbol. Una pelota de verdad, de cuero, número cinco.

Chico tras chico volvían a sus asientos cargados, bendecidos, con una de esas pelotas maravillosas.

En mi barrio nadie tenía una pelota así. Había una en la escuela, que yo no había tocado. Una pelota así cambiaba la vida.

Llegó el momento de los premios de poesía. Los tres premios de poesía. Yo, pequeño escritor, el primero. Subí al escenario pensando en cómo me presentaría después ante mis amigos, convertido por magia poética en dueño de la pelota. Me imaginaba las caras.

Un adulto me recibió. Otro me acercó el micrófono para que agradeciera. Y otro más se puso a mi lado con el premio en las manos. Abrí la boca. No supe qué decir.

El del premio extendió las manos hacia mí con el gesto pomposo de quien quiere hacer las cosas realmente bien.

Y así fue que me entregaron, con ese gesto un poco condescendiente, un poco asustado, ese gesto de quien va en auxilio de un alma perdida, ese gesto de vendedor de autos usados, con ese gesto me entregaron, decía, con ese gesto cruel, cruel, tan cruel, una lapicera.

[Leí este texto en público, ayer, en la librería Eterna Cadencia, dentro de las “Postales de Infancia” del Filbita. La actividad se anunció así: “Ocho escritores compartirán un breve texto inédito en el que la lectura o la literatura son protagonistas de su niñez”. Participamos Victoria Bayona, Pablo De Santis, Ruth Kaufman, Lucía Laragione, Clara Levin, Mario Méndez, Andres Sobico y yo. Lo organizó y moderó Larisa Chausovsky. Ahí tampoco me dieron una pelota, pero igual fue un encuentro feliz.]

El camino a la lectura en formatos digitales

Leí este texto en el 17° Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, 2012, dentro de la mesa Medios, lectura y más literatura. Fue el pasado 18 de agosto, a la mañana. Pero primero la foto:

De izquierda a derecha: Alejandra Laurencich, Mempo Giardinelli, myself, Ivan Thays, Hernán Casciari. (Foto por María Susana Ríos, del Ministerio de Cultura y Educación de Formosa.)

Hace unos días estaba en la cola de un banco, cuando oí que una persona de seguridad, una mujer, le decía a alguien que estaba detrás de mí:

—Apagá eso.

Me di vuelta, pensando que iba a ver a un ladrón, celular en la oreja, tramando con sus cómplices el asalto a la sucursal. Pero no. Era una chica, joven, que tenía en la mano un aparato como este [muestro el Kindle desde el que estoy leyendo].

—Es un libro —dijo la chica.

La mujer de seguridad la miró con la boca abierta.

—No está conectado a Internet ni nada —dijo la chica, por las dudas.

La mujer de seguridad cerró la boca y, mirando de reojo el aparato, dio media vuelta para irse. La chica insistió:

—Es un libro.

Y siguió leyendo.

*

Sobre este tema, el libro que cabe aquí adentro [del Kindle], qué significa y a dónde nos lleva, les propongo hablar.

*

En junio de 1999, cuando empezamos con Imaginaria, había poca gente conectada a Internet. Para conectarnos, llamábamos a un número de teléfono. A paso de tortuga bajábamos el mail a la computadora y nos volvíamos a desconectar. Después leíamos y escribíamos desconectados. La web se usaba poquísimo.

Casi no había banda ancha.

Tampoco existían YouTube, la Wikipedia, Twitter, Facebook, Gmail, los mapas interactivos, los documentos compartidos. Asomaba la banca online. Aparecían los primeros blogs.

De esto hace trece años. En este momento, según Cablevisión, hay cinco millones y medio de conexiones de banda ancha en la Argentina. El acceso a Internet ya recorrió una buena parte del camino que va de ser un ideal a ser un derecho.

*

En estos trece años, algunas industrias culturales vivieron cambios drásticos. Primero fue la música. La música ya se había digitalizado con la aparición de los CDs, de manera que fue fácil pasarla a la computadora, y de la computadora a la red. En junio de 1999, el mismo mes que Imaginaria, abría Napster, el primer servicio para compartir música a través de Internet. Napster cerró por cuestiones legales, pero aparecieron nuevos servicios y nuevos métodos para seguir compartiendo música. Con el tiempo, además, la música digital empezó a venderse online.

Resultado: hoy el soporte por excelencia de la música es un archivo mp3, alojado en un reproductor especial o en un disco rígido, o en algún servidor lejano.

Después fue el turno de las películas, y más o menos al mismo tiempo las series de televisión. Hacía falta más ancho de banda, porque los archivos de video son grandes. La red creció, la transmisión de datos se fue haciendo más rápida, y en el último par de años muchos nos acostumbramos a ver nuestra serie favorita al día siguiente de estrenada en su país de origen, con subtítulos creados anónimamente por aficionados. Por supuesto, esta facilidad para compartir contenido generó un conflicto intenso entre los propietarios de derechos y los usuarios que comparten sus obras. Ese conflicto, que sigue sin resolverse, recorre tribunales y legislaturas del mundo, incluida la Argentina, y entidades internacionales como la OMPI, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

*

En este mismo tiempo, la industria del libro no cambió tanto. El libro clásico, en papel, siguió siendo la norma. Es más, nos resistimos con uñas y dientes a abandonarlo.

Esta supervivencia del libro tiene varias razones, de las que dos saltan a la vista:

La primera: Leer en pantalla es molesto. La experiencia de escuchar música o ver video no cambió con el tránsito de un medio a otro. O, si cambió fue para mejorar. En cambio, la pantalla de una computadora, que sigue el modelo del televisor, no ofrece ni de lejos la experiencia de tener un libro entre las manos.

La segunda razón por la que el libro en papel se mantuvo firme: Reproducir música o cine siempre requirió de aparatos. El libro, en cambio, se autocontiene. No necesitamos nada más para leerlo. Hoy no tengo cómo escuchar mis viejos discos de vinilo, ni mi colección de cassettes, ni puedo ver mi pila de videos en VHS. Sin embargo, conservo los libros que leí en mi adolescencia, en mi infancia, y alcanza con sacar uno del estante para leerlo igual que entonces. Tengo tres veces mi colección de los Beatles: en vinilo, en CD y en mp3. Pero tengo un solo ejemplar de Sandokán, el mismo que tuve toda mi vida.

Ahora bien, la pregunta del millón es: ¿siguen siendo válidas estas razones? La calidad de la experiencia de lectura y la autosuficiencia del libro en papel, ¿siguen descalificando al libro digital?

La respuesta ya se asoma, y en los próximos años va a ser cada vez más nitida: no. Con el libro va a ocurrir lo mismo que ya ocurrió con la música y con el video.

Primero, la calidad de la experiencia. Las pantallas cambiaron. Ya no son todas grandes y luminosas, ni hay que sentarse frente a ellas. Existen pantallas del tamaño de un libro de bolsillo, sin luz propia, que se llevan donde uno va y no cansan la vista.

Mi propia sensación, con casi dos años de tener este lector de libros electrónicos [el Kindle], es que no vuelvo atrás. En mi carpeta de libros leídos hay 37 títulos. Sigo leyendo libros en papel, pero es más que nada porque me los prestan. O porque algo que me resulta imprescindible leer todavía no está en formato digital.

Además, las pantallas siguen mejorando. Las que responden al tacto hacen más fácil explorar un libro, tomar notas, subrayar. Y la evolución rápida de estos aparatos no se va a detener de un día para otro. Tenemos que pensar que en dos, tres, cinco años, la experiencia de lectura va a ser todavía mejor.

Lo que no tiene solución es la autosuficiencia del libro. Que sin baterías, sin pantallas, sin conexiones, sigue siendo accesible. Pero aquí la pregunta es cuánto cuesta esa autosuficiencia. Hablo del costo de impresión, del costo del papel (tanto económico como para el medio ambiente), del costo de distribución, y también del costo de mantenimiento. Aquel ejemplar de Sandokán que tengo hace medio siglo debió ser llevado y traído, limpiado, conservado, atesorado. Todo lo cual le suma encanto a nivel personal, pero acumula un costo prohibitivo a nivel social. El libro en formato digital no ahorra solamente el papel y la distribución física. También es más económico mantenerlo.

A medida que el libro electrónico sigue su camino hacia una mejor experiencia de lectura, a medida que los catálogos crecen y el acceso a la red se universaliza, el libro en papel se va convirtiendo, cada vez más, en un artículo de lujo.

Gutenberg no logró libros más bonitos. Logró que más gente accediera a leerlos. Logró que se publicara más y con más rapidez. La tecnología de Gutenberg fue una gran herramienta para promover la lectura. Hoy ese rol transformador lo tiene el libro digital.

*

Ahora bien, ¿qué hacemos con el conflicto, que ya nombré, entre autores y lectores que comparten libremente su obra?

La respuesta de la industria, primero la musical, luego la audiovisual y ahora la editorial, es primero retacear la oferta, y luego dificultar la copia.

Al retacear la oferta se supone que no habrá digitalización, y que el producto físico (CD, DVD, libro en papel) tendrá una vida más larga. Esto deja la digitalización en manos de los usuarios, de manera que la oferta gratuita, de archivos compartidos libremente, arranca con ventaja.

La copia se dificulta con sistemas de protección, y también con leyes y tratados comerciales más restrictivos. Hasta hoy, nada de esto ha conseguido detener el flujo de archivos compartidos libremente.

Muchos músicos, artistas, escritores, comparten la respuesta de la industria, convencidos de que, de otro modo, se quedarían sin ingresos.

Claro, es complicado instaurar otros métodos para que autores, editores y demás componentes de esta industria sigan teniendo de qué vivir. Pero esos métodos existen. Hay ideas, propuestas, modelos que ya están probando su viabilidad.

Por ejemplo, los sistemas de abono. Spotify es un servicio que, en muchos países, ofrece toda la música que uno quiera escuchar por una tarifa mensual baja. Netflix hace lo mismo con películas y series.

Otro modelo, compatible con el anterior, es el de las sociedades de gestión colectiva, que recaudan fondos compulsivamente. Ocurre con la música. SADAIC se presenta en los conciertos y cobra, para luego pagar a los autores y compositores que son socios. (Cierto, el sistema es imperfecto, o más que imperfecto. Habrá que mejorarlo.)

Si se asignara a los creadores y editores de toda clase de obras un porcentaje de lo que pagamos por conectarnos a Internet, quedaría resuelta una buena parte del problema.

Estas son solo algunas de las ideas que circulan. Sin duda van a aparecer otras.

En resumen, tenemos por delante dos opciones:

Una: aprovechar esta oportunidad, única en la historia, de que toda persona tenga acceso a toda obra creada y por crearse, a bajísimo costo, de manera inmediata.

Dos: desaprovecharla.

*

Hace unos años, conversando con la vicedirectora de la escuela de mi hijo, le propuse un símil.

Imaginemos, le dije, que de pronto los seres humanos podemos volar. Así nomás, sin límite, con poco esfuerzo, a la altura y por la distancia que queramos. Sería un sueño, ¿no?

Pues bien, los fabricantes de ascensores pondrían el grito en el cielo. Y las aerolíneas. Y se acabaría la seguridad, porque cualquiera podría volar por encima de cercos y vallas, aterrizar en balcones y terrazas. Atravesar fronteras. Sonará ridículo, pero habría una intensa presión, por parte de industrias y diversos grupos afectados, para limitar el vuelo a un metro de altura. Un metro, ni un poquito más. Es eso o el caos, se escucharía decir. Es eso o el final de la civilización. Cierto, el vuelo universal e indiscriminado traería muchos inconvenientes. Habría que ajustar muchas cosas, adaptarse a muchas cosas. Pero ¿podríamos aceptar que se nos impida volar?

Concedido: la comparación es exagerada, y solo se puede extender hasta cierto punto. Pero vale como visión, borrosa seguramente, de lo que significaría la libre circulación de los bienes culturales.

*

Volviendo al comienzo:

En 1999, Imaginaria empezó hablando sobre los libros en papel, entre otras cosas porque, en el campo de la literatura infantil y juvenil, había pocos libros en formatos digitales. Trece años más tarde, en 2012, Imaginaria sigue hablando sobre los libros en papel, entre otras cosas porque en nuestro campo sigue habiendo pocos libros digitales.

Estoy seguro de que dentro de trece años esto habrá cambiado.

Y estoy seguro de que, con ayuda de las nuevas tecnologías, estaremos leyendo más, los chicos estarán leyendo más. Y todos, no exclusivamente pero en buena medida, leeremos en una pantalla.

Comida

Padre e hijo van en el subte, sentados uno junto al otro. El chico tiene tres o cuatro años. Escucho el diálogo:

—¿Esta noche qué querés comer?

—Choclo.

—Pero no, hijo, el choclo no es una comida. Una comida es pizza, empanadas, hamburguesa.

—[Algo que no entiendo.]

—Pancho también puede ser. ¿Qué querés, entonces?

El chico viene muy atento. Ahora piensa un momento antes de contestar.

—Empanadas.

—Muy bien, hijo. Comemos empanadas.

Bananas y lentejas

Pesó las bananas
en la balanza.
Le puso una etiqueta
al kilo de bananas.
Sin hablarme.
Le pedí unas rodajas
de calabaza.
Se volvió hacia el dueño
del supermercado:
—Dice que quiere
rodajas de calabaza.
Se fue a su puesto
en la fiambrería.
Sin hablarme.
Sin mirarme.

Eso fue ayer, con la nueva vendedora de fiambres del supermercado de acá a la vuelta, que estaba de suplente en el mostrador de la verdulería, a tres metros de su puesto habitual. El dueño del supermercado cortó las rodajas de calabaza y me las vendió. Tuve que rechazarle explícitamente una que estaba podrida.

La vendedora de fiambres tiene un piercing en la nariz, blanco, redondo, un moco que sale por el lado equivocado. Es joven. Da pena que haya entrado a trabajar en ese lugar feo, con tanta gente que grita y música que patea las orejas. Ayer andaba hecha un zombie, pero hoy parecía despierta: hablaba con un tipo sobre algo que no entendí. No le hablé. No la miré.

Una mujer protestaba por la música, a los gritos, pero en broma.

Es la primera vez en mi vida, creo, que compré lentejas y las puse en remojo. Fuego lento, una salsa Arcor de las que compro siempre, curry. Así me explicó Gabriel. Mañana hago el guiso, para probar. Le voy a poner papas y chorizo colorado, como hacía mi vieja. Papas ya tenía. El chorizo colorado lo compré recién (sin hablarle).

¿Por qué será que algunas lentejas flotan?

Frío

Hace mucho frío. Tanto frío que los autos no arrancan, las vacas no mugen, el corazón no late. Tanto, que hay una nube colgada en el mismo sitio desde hace horas. Hace frío adentro de la letra O. Hace frío en la sartén donde se fríen lentamente unos copos de nieve. Están congeladas las puntas del número 1, aunque eso es algo que pasa con frecuencia. En medio de la cama apareció un cartel de prohibido entrar. El café recién servido levantó vuelo y emigró al norte, donde dicen que es verano.

Pero es tanto, tanto el frío que la mecedora no se mece, la música suena más lenta, los ojos miran un punto donde no hay nada. En el tallo de la planta esas no son hormigas sino esculturas de hielo. El aliento se hace vapor, el vapor agujas, las agujas giran sobre sí mismas buscando algo que pinchar.

Las líneas de sombra de la reja del balcón están quietas en el ángulo de hace un rato, por más que el sol siguió de largo.

En la calle la gente se enrosca y pliega hasta refugiarse en su propio ombligo. Los edificios de enfrente han encogido, de manera que entre ellos queda un pasadizo. El aire está espeso. Las noticias son todas tristes.

El lápiz llega a un centímetro del papel y ahí se le acaban las fuerzas.

Experimento de escritura (VI)

ÍNDICE

Capítulo 1. El color de la madera
Capítulo 2. Siempre de perfil
Capítulo 3. La moneda en la alcantarilla
Capítulo 4. Hoy Japón sigue estando lejos
Capítulo 5. Prestidigitación
Capítulo 6. Brindis y despedida
Capítulo 7. Entre sueños
Capítulo 8. Detrás de la montaña
Capítulo 9. La ciudad pasa el día riéndose
Capítulo 10. Locura pasajera
Capítulo 11. Pasajero loco
Capítulo 12. Se tensa
Capítulo 13. Se afloja
Capítulo 14. Las piernas

*

El dedo índice recorre los bordes del cuadrado de plástico como una carbonilla que dibuja. Ida y vuelta, trazo recto, primero vertical, luego horizontal, vertical otra vez. El dedo índice se entretiene en los contornos previsibles. Esa arista sigue estando ahí, y ahora también, y ahora. Mañana, incluso, seguirá estando ahí. El ángulo no se va a mover, no se va a escapar. El cuadrado de plástico es la tecla J del teclado, ahí, tan en el centro como se puede estar en este sitio, impecable en la línea de teclas, Entre la U de arriba y la N de abajo está ese pequeño desfasaje que hace pensar en itálicas de la vida real. Pero la J, con el apoyo de la H a un lado y de la K al otro, pertenece a una hilera de bloques que le dan solidez al mundo.

Materia de estudio: el hombre del rincón. El hombre de un rincón que no está formado por paredes ni en un cuarto. Un rincón de posibilidades. Un rincón metafórico, si no fuera por el dolor de los límites en la espalda.

Materia de estudio: el rincón de deseos. El rincón donde la mayoría de los deseos no llega, donde la mayoría de los deseos parece estar a un metro de distancia, un poco más allá, o un poco más acá, nunca al alcance. No confundir con el cumplimiento de los deseos: este no es un rincón de cumplimientos o la ausencia de. Este es un rincón donde no se desea más que siempre lo mismo, siempre ese poquito. Donde los grandes deseos no alcanzan porque están rendidos, a sólo un metro de distancia, por el camino largo que han recorrido para nada.

Manos, vayan de aventura. ¿Cuán lejos pueden llegar sin mí?

*

Pensemos un poco en por qué escribir. A quién hago feliz. A quién le hago cosquillas. A quién persigo, de quién me escapo. Quién me dio la tarea para el hogar. Quién me dio la diversión, quién me la quita. Quién se ríe, quién se burla, quién me dice que hago bien, quién me acompaña. Pensemos un poco en estar solo, pero escribiendo.

*

Te muerdo la oreja. Te muerdo el pie. Te muerdo el labio. Te beso la nariz. Te beso los dientes. Te lamo la yema de los dedos. Te pido un ojo prestado pero sé que no me lo vas a dar. Te pido un pie pero sé que enseguida voy a dejar de quererlo. Te paso el índice por el lado interno del codo. Te tiro de la manga. Te acaricio la espalda, la parte de abajo a la izquierda de la espalda, luego la parte del centro a la izquierda, la parte del centro a la derecha, la parte del centro un poco más a la derecha todavía, la parte de arriba a la izquierda pero no tan alto, digamos que la base del omóplato, el controrno del omóplato, la cúspide del omóplato, la piel que queda justo a la izquierda del bretel izquierdo del corpiño. Y todo esto lentamente, en un segundo.

*

De noche las ventanas del bar dan al mismo bar. La calle oscura hace que actúen como espejos. Se duplican las mesas, las servilletas plegadas como flores. En el espejo falso las luces traseras de los autos se escabullen como luciérnagas que corren tras el postre.

Correr tras el postre. El postre huye.

Este bar es triste, tan triste, tan abrumador por lo triste, tan solitariamente triste, tan ancianamente triste. No vamos a pedir cena. No vamos a pasar de la cerveza. No vamos a sentirnos bien aquí, por lo menos de noche, como es ahora.

(En los otros bares no había enchufe disponible. Mala hora para enchufes, cuando están armando mesas para las veinte personas que hoy encontraron algo para celebrar.)

Me imagino que un objetivo vendría bien ahora. Algo por lo que hacer algo. Algo un paso más allá que inclina el camino para convertirlo en cuesta abajo. Hablo de la escritura, pero no hablo de la escritura.

*

Uno, dos. Uno, dos. Palabras. Palabras. Palabras. Punto. Punto, coma. Números: uno, dos. Números palabras. Dos puntos. Dos. Uno. Punto y coma.

No sé por qué escribir.

*

Arrecifes Berazategui Campana Derqui Esquel Famaillá Goya Humahuaca Itatí (¡Ibupirac!) Jujuy ¡Kamchatka! Lezama Mendoza Neuquén ¡Ñam! Ostende Quilmes Ramos Mejía Solís Tunuyán Uspallata Venado Tuerto Wilde ¡Xanadú! Yapeyú Zzzzzzzzzzzzzz………………

Todas las listas alfabéticas que hago para dormir fracasan. El alfabeto es una cosa incómoda, arbitraria, que no se corresponde con el idioma. Para que funcione debo pensar en una lista bilingüe, y aún así tengo problemas porque las palabras no vienen solas, hay que perseguirlas, están guardadas en cajitas que están guardadas en otras cajitas que están guardadas en baúles, y todo desordenado. El índice general está dañado, se mojó, se quemó, se dobló, se cansó.

885 palabras.

[23 de marzo de 2010. El sexto día de un experimento de escritura que consiste en salir de casa, ir a un bar o a cualquier otro sitio y escribir durante una hora. El objetivo: destrabarse. Sí, me salteé los días 4 y 5. Parte de lo que escribí esos días ya apareció acá en Ximenez. El resto, casi todo, que mejor se quede donde está.]

Experimento de escritura (III)

A veces el comienzo del día es una batalla. Me despierto a las 6.48, sin razón. Lo primero que pienso es que me voy a dormir otra vez. Lo segundo, que tal vez no. A las 6.53 me levanto para ir al baño. Pis. Vuelvo a la cama. Pienso en las cosas vacías que a uno se le ocurren a esa hora, cosas que después no recuerdo, cosas que no cambian nada. Y después vuelvo a pensar que, efectivamente, no me voy a dormir. Son las 7.11. Me doy vuelta para no mirar los números rojos de la radio despertador.

Hace calor, pero no puedo prender el acondicionador de aire porque los vecinos se quejan de los caminos del agua. Los de abajo dicen que les salpica la ventana. El de al lado, que le moja la membrana recién puesta (como si la membrana no fuera, justamente, para proteger el techo del agua que cae). Apenas me tapo con la sábana la zona media del cuerpo. Estoy cansado, tengo sueño, ¿por qué no me voy a dormir otra vez?

Cuando me doy vuelta para mirar la hora son las 7.46. ¿Habré dormido un poco? ¿Lleva tanto tiempo pensar en nada?

Ahora mismo podría levantarme. De hecho, si me hubiera despertado directamente a esta hora lo más probable es que me levantara. Pero no, llevo una hora despierto, una hora desnuda, que suena a hueca cuando la golpeo, una hora sobrante, una hora despiadada y vulnerable, una hora de batalla tenue. Entonces no es igual, no puedo levantarme todavía, necesito dormir. Cierro los ojos otra vez, doy vuelta la almohada porque el lado de abajo está más fresco, y la gente se va sentando en torno a la mesa, mientras alguien habla de algo que no recuerdo ni siquiera mientras lo dice. Ahí, con la falta de ese recuerdo, me doy cuenta de que estoy soñando. Entonces es que me dormí. Abro los ojos y son las 8.17.

Sí, claro, dormí unos minutos. Ah, si pudiera repetirlo. Volver al lugarcito del sueño, lugarcito de memoria borrada. Pero no es fácil, entre otras cosas porque ahora estoy pensando qué hora será (se hará) si duermo una hora, una hora y media. Digamos que las diez. ¿Estará bien despertarme a las diez? ¿Qué hora será (se hará) si me levanto a las diez, dedico un ratito a las cosas de la compu y recién después voy a la esquina a escribir? Tal vez se haga tarde, sobre todo porque está Gabriel… Pero no, ¿por qué se va a hacer tarde? ¿Cuál es el problema? Estoy cansado, tengo sueño, igual que a eso de las 7.11, tanto tiempo atrás. Y tengo calor, pero ahora ya no sirve dar vuelta la almohada porque la di vuelta hace un rato.

Decepcionado conmigo mismo, cada vez más agotado, vuelvo a mirar la hora. Sorpresa. Las 9.36. Dormí más de una hora. No sé cómo, no sé qué dormí si no me queda ningún rastro, estoy como antes o peor. Pero ahora sí, ahora es momento de levantarme. Arriba, Eduardo, arriba, arriba, herido de la batalla de la mañana, a herirte en las batallas del resto del día.

*

Siempre tuve problemas con el ritmo de la narración. Para mí es una construcción por capas. La primera escritura sale corta, torpe, sin ambiente, sin espíritu. A editar. A agregar. A sumar y sumar. Pero no, no, no. Esto ya no es tan cierto desde que escribo cuentos. Era mucho más cierto cuando escribía novelas, y mi temor es que vuelva a pasar cuando me ponga a escribir novelas otra vez. Me gustaría tener la habilidad de escribir de más, detenerme en cada momento, en cada detalle del ambiente y después tener que cortar, porque sobra. Supongo que es una actitud, que es

Ya no me puedo concentrar. Cinco viejos se sentaron en la mesa que está justo frente a mí. Viejos, arriba de los 70. Están de joda. Charlan. Piden cinco cervezas, pero parece que no, que es un chiste. Alguno dice “No sos hijo de tu papá vos”. Otro: “La promoción es el café.” “Un café descafeinado.” “No, cerveza, una cerveza.” “De la otra, no de la más fina.” No sé, no entendí. Veré qué les trae el mozo. “¿Dónde está escrito que sea la mujer la que determine si uno es judío o no?  Ayer estuve en una obra de teatro escrita por un rabino reformista. Una obra unipersonal. Menciona que cuando se destruyó el templo… (…) … los romanos violaron a miles de mujeres judías. Eso era normal, en todas las guerras. Entonces los rabinos determinaron desde entonces, la que determina la identidad judía es la mujer y no el hombre. Si no, se diseminaba el pueblo judío.”

Al que habla ahora no lo entiendo, y encima el que hablaba antes habla más fuerte y los tapa a todos. “La mujer de la obra era a la vez judía y budista. Preguntaba a los rabinos si se podía. Un rabino dijo que sí, que se puede ser judío y budista.”

Habla otro, inclinado hacia los demás, en voz baja, íntima , de secreto. Entiendo “la identidad judía” y “pero eso es un negocio”… “Aquel que no ve la practicidad de…. “ “Pero debe haber muchos pelotudos que…” “Claro, entonces…” “Avisarle acá a los muchachos que……… está condenado a desaparecer.”

“Había 500.000. Había. Hoy se habla de 300.” “¿300 mil?” “300 mil.”

Viene el mozo. Trae varios capuccinos, o cosas que vienen en esos vasitos tipo copa en que traen los capuccinos. Y una cerveza.

El mozo se queda a conversar con los viejos. Menciona a Clorindo Testa, parece que él es amigo o algo de sus hijos. “Entiende de todo”, dice uno de los viejos, “de caballos…” “Entiende más de yeguas que de todo”, dice otro.

El ruido ambiente no me deja percibir la conversación completa. Una pena. La radio está más fuerte que los días pasados, o tal vez es culpa de esa música espantosa, indescifrable que suena hoy. Los televisores, prendidos: un hombre habla a cámara, es gracioso porque quien canta la canción horrible es una mujer, y con el nivel de imprecisión que distingo ambas cosas realmente parece que es el hombre quien canta con esa voz chillona, radiofónica de las malas.

El bar está casi vacío. La impresión es que el piso se hunde del lado en que estamos los viejos y yo. A varios metros hay otro viejo que lee el diario. Después un océano de mesas vacías. Los viejos y yo estamos del lado que da a Echeverría, yo en la mesa del fondo (donde está el tomacorriente en que hoy, por primera vez, enchufé la laptop). En el lado que da a Cramer hay varias personas, ahí también debe hundirse un poco el piso.

[Fragmento de tres o cuatro líneas censurado.]

Uno de los viejos habló de que son octogenarios. Tal vez él sí, y algún otro. Pero no todos. Supongo que es su manera de ser optimista. U otro chiste, porque todos tienen sentido del humor. Tanto sentido del humor que sonríen con los chistes, pero no se ríen fuerte, no hacen ruido de risa.

Hoy también hay masitas secas. Pero no son tréboles. Una es un alfajorcito de forma cuadrada, con azúcar impalpable arriba y dulce de leche (duro) en el centro. La otra es como el lomo de un chancho pero amarillenta, surcada por líneas irregulares de barro que simula chocolate. La masa del lomo de chancho es diferente de la masa del alfajor cuadrado, es esa masa que tiene poros, mientras que la otra masa es lisa.

Ahora los viejos hablan de médicos. Inevitable, supongo. Uno insiste en que los médicos tienen opiniones distintas. “Una operación sin riesgo, que no le va a (…) la vida. Nadie muere de eso.” “Igual, si le duele igual.” “Rehabilitación.” “No tiene por qué ir a la pileta, puede ser sin pileta.” “Eso dijo el médico, que la pileta no te va a salvar.” “Antes abrían la rodilla, un despelote. Ahora hacen dos agujeritos ahí…” “Es sencillo, es muy sencillo. Eso depende de la tecnología…” “¿Sabés dónde está la tecnología principal de eso? En los pegamentos. En lo que pega los huesos. Y el material que se usa es cada día mejor. Hay partes en que hay que pegarlos. En otra época los pegamentos fallaban. Ahora no fallan. Todo, lo mismo en el reemplazo de caderas. Al principio, en el 50 por ciento… Ahora no, es una cosa de todos los días, y no hay ni un solo fracaso.” “La articulación, hay un rechazo de la articulación. El material es…” “Metal.” “Sí, un metal, es… Titanio. Titanio. El material es cada día mejor. Entonces se tolera mejor, y no hay fracasos, no hay fracasos.” El que habla tanto es el que antes dijo que son octogenarios, y que tal vez lo sea. “Si ella está dolorida por esto, el dolor se le va a ir.”

Uno de los viejos, no de los que hablaron hasta ahora, saca un celular, atiende, y se lo pasa a otro, al que se inclina para hablar en secreto. No entiendo nada de lo que dicen. Celular cerrado rápidamente.

Estoy comiendo el alfajor cuadrado. Una pérdida histórica, porque seguro que estuvo presente en el templo aquel en el que se decidió que la mujer determina quién es judío. Me pregunto si el lomo de chancho tendrá igual valor histórico. Bah, me lo voy a comer igual. Uh, espero no pagar demasiado cara tanta audacia.

Samilano levareta. Alguil. Morión sin falna. Incomplugible. Serapín. Incomo der guilubio. Ascurabi, termin, implonido den morino. Avrul.

La mujer cruza la calle llevando a la nena de la mano. La nena cruza la calle llevando su muñeca abrazada con el brazo libre.

Nene arrastra una mochila con ruedas.

Hombre que camina muy derecho lleva bolsa roja de plástico, extrañamente angosta y larga.

Auto rojo para. Baja mujer con remera del mismo color. Auto rojo arranca.

Mujer lleva flores violetas en el pelo.

Mujer con pollera hasta los tobillos, a rayas horizontales rojas, verdes, amarillas.

Mujer en bicicleta con shorts blancos hasta la rodilla.

Pareja mayor de la mano.

Pareja menor se abraza al pasar.

Camioneta blanca.

Hombre de mi edad con hija preadolescente de la mano.

113 que dobla hacia Echeverría.

Mujer parada en la esquina con largo vestido anaranjado. Hombre con niño se detiene a preguntarle algo. Mujer señala hacia allá, al otro lado de Cramer. Hombre se prepara para cruzar Cramer. Mujer cruza Echeverría y se pierde de vista.

Nueve motitos frente a Freddo.

El mozo le cobra al hombre que leía el diario a varios metros de mí. Charlan un poco. Me parece que a este mozo le gusta charlar con algunos clientes. ¿Será antipático de mi parte estar tan sumergido en el tipeo?

Camión con un contenedor vacío (de los que se usan para echar escombros en las obras).

Camión con cajones de sifones. ¿Sabrá que rima?

Tanta gente, tanta gente distinta, y seguro que todos son del barrio.

2147 palabras, extrañas como quienes pasan por la vereda.

[20 de marzo de 2010. El tercer día de un experimento de escritura que consiste en salir de casa, ir a un bar o a cualquier otro sitio y escribir durante una hora (que reduje a 40 minutos). El objetivo: destrabarse.]