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Con el paso del tiempo las agujas del reloj se van poniendo blandas, imprecisas. Empiezan a aceptar sobornos. Se quedan dormidas, y yo las acompaño.

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Junta las cenizas con la palita y las echa a la basura. Así termina de deshacerse de esas palabras que no quiere usar más.

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Se multiplican los mensajes. “Hola” por “Adiós” da encuentros imposibles. “A las dos” por “No te quiero más” da lágrimas a la hora de la siesta.

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La sangre en la puerta. La mecha encendida. El eco de los gritos. La multitud. Nada.

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El río pasa a seis metros de altura. Va adelantado. Salpica todo. Cuando la luz del sol lo atraviesa podemos ver los peces que nadan contra la corriente. Las piedras que arrastra caen sobre tu cabeza y la mía.

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