La pila de papeles

Las cosas de que hablaba al principio son una parte de lo que llamo la pila de papeles. Sólo una parte. El total de la pila de papeles es el total de las cosas pendientes, las visitas, los proyectos, los trabajos; lo que todavía no fui capaz de sacar del archivo de lo por hacer, para meterlo en el ar­chivo de lo ya hecho. La pila de papeles crece, haga lo que haga. La pila de papeles se desparrama por mi cabeza y no puedo pensar.

Una de las propiedades de la pila es que no permite saber qué hay en su interior, a menos que uno la revise de punta a punta. Me da miedo revi­sarla. Y cuando finalmente venzo el miedo, siento un desgano tan grande que me parece una tarea imposible.

Imagínense una rata de laboratorio en medio de un laberinto. Ustedes conocen el camino correcto, pero la rata no. Ustedes ven el problema en su totalidad, con la solución incluida, pero la rata ve un pedazo de pared que le corta el paso.

Entiendan que no todo lo que hay en la pila es importante. A lo mejor no hay nada que importe de veras. Pero la suma de las partes, la aparien­cia de pirámide egipcia que tiene la pila, es otra cosa. ¿Qué puede haber ahí adentro, por debajo de poderosos faraones momificados, claves de la vida eterna, secretos del universo?

[…]

El efecto principal de la pila es que no me deja hacer nada. Ella está antes que todo, ella es todo. No puedo moverme. Lentamente me deses­pero. Con cuidado, con ganas, sin dejarme un minuto libre, me desespero.

[…]

A veces me digo que debe ser muy fácil ordenar los papeles, prestarles un poco de atención, romperlos y tirarlos por ahí, tal vez quedarme con uno o dos que signifiquen algo. Pero no puedo. Mientras tanto, insisten.

Su manera de insistir es ésta: de golpe, cualquiera de ellos me viene a la cabeza; a veces está asociado a otro u otros, a veces no. Entonces se me ocurre que resolver ese problema en particular es lo más importante de mi vida. Estoy a punto de decidirme a atacarlo, cuando recuerdo otro proble­ma, diferente, pero que sin ninguna duda debe ser resuelto antes que el primero. El por qué de esto apenas importa. En un único instante de algo que simula ser lucidez descubro que tiene que ser así, y después ni siquie­ra vuelvo a preguntármelo.

Cuando el asunto está casi aclarado, el proceso se repite y descubro un nuevo problema todavía más urgente, todavía más importante. En ese momento empiezo a deprimirme. Si dos problemas eran peores que uno, tres ya son un número bastante grande (“dos elefantes molestan mucha gente, tres elefantes…”). Para colmo, empiezo a entender que la cosa no termina ahí. Casi siento placer, mientras entreveo una galería infinita de puertas que se abren, mostrando cada una de ellas un problema mayor que el anterior.

Llegado ahí no me queda ninguna esperanza. El primer impulso de arremeter contra un fragmento de la pila está perdido. En su lugar queda la alegría infantil de descubrir el infinito en mi propia casa.

(Fragmento de una novela corta que escribí en 1978, llamada El borde, que sigue y seguirá inédita.)

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