F 41-45

Subido a la silla de los pacientes, auscultaba la pared con el estetoscopio, tratando de descubrir si al otro lado había algo.

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Como una enfermedad, la vejez se extendía por su organismo de manera despareja: las manos eran más viejas que la nariz, y la nariz más que las orejas.

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El sistema de defensa se puso en guardia, analizó el sonido y se aquietó otra vez, frustrado a la manera de las máquinas.

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Saludé a la mujer del portero, que espiaba mis movimientos con vistas a quién sabe qué clase de informes nocturnos.

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Andaba a los saltos entre piletas de hierro líquido y géiseres de agua hirviente, apoyando un pie en un hueco de la roca, una mano en el borde de un andamio, otro pie en un balde boca abajo, otra mano en una viga floja, y así sucesivamente, evitando las peores corrientes de aire.

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