F 26-30

El ventilador de techo devuelve hacia mi nariz cada una de las volutas de humo que con extraordinario placer el oficial lanza al espacio.

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El ruido avanzaba en formación de combate sobre el polvo del piso, las grietas de las paredes y las cáscaras del techo: ninguna fuerza parecía capaz de contener esa invasión impalpable pero feroz, que ya había alcanzado los últimos rincones y sin embargo seguía expandiéndose como un gas caliente.

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Juntó el coraje necesario, fue hasta la puerta y la entreabrió apenas lo suficiente para espiar con un ojo.

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Las sombras de la pantalla dibujaban más sombras en las caras y en el techo, marcando arrugas y desniveles.

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Era un día de sol, de esos en que uno empieza creyendo que va a llover porque una neblina carbonosa, propia de la ciudad, se las ingeínia para opacar las cosas y hacerlas más pesadas.

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