El fondo del pozo – 4

El fondo del pozo

4

“Detrás de cada acontecimiento hay un truco de espejos. Nada es, todo parece. Escóndase, si quiere. Espíe por las ranuras. Alguien estará preparando otra ilusión. Las diferencias entre personas son las diferencias entre las ilusiones que perciben.”
(Consejero, 121:6:33)

—El Centro es un montón de sucursales —decía Dindir—. Se extiende uniformemente en todas direcciones. Vaya uno donde vaya, no podrá llegar más adentro ni más afuera de lo que ya está. Para entenderlo, piensen en la superficie de una esfera; infinitos puntos, todos con las mismas propiedades.

—¿Y los exploradores? —preguntábamos—. ¿No salen del Centro, acaso?

—Los exploradores llevamos el Centro con nosotros.

Dindir venía de otro planeta, y tenía ideas diferentes de las nuestras. Era difícil discutir con ella, porque no hablaba como la gente que conocíamos. En Coracor, la sucursal del Centro donde había nacido, no sabían nada de la Computadora Central. Ni siquiera tenían al Consejero. Y sin embargo Dindir era agente del Centro, enviada por los caprichos del Sorteo a explorar Varanira, nuestro planeta. Dindir llegó con sus compañeras de expedición, Balibar y Hecher, un día que el Consejero nos había augurado dudas y contradicciones. Dejaron la nave en el puerto más próximo, entraron al edificio, y una semana más tarde todavía no podían creer lo que veían. Nadie les había dicho que en Varanira hubiera una sucursal del Centro. Tenían un contrato que las obligaba a inspeccionar lo que encontraran, de modo que no hubo obstáculos para que recorrieran nuestras oficinas, nuestros salones y nuestros pasillos.

Todos estábamos ansiosos por saber cómo era el Centro en Coracor, porque así podríamos aprender algo más de nosotros mismos, pero eran pocos los que tenían la suerte de conocer personalmente a las visitantes, y los demás debíamos conformarnos con información de segunda o tercera mano. Ya nos habíamos resignado a esa situación, cuando Dindir se nos acercó por su propia voluntad.

Estábamos caminando por la costanera, como solíamos hacer los domingos, en perfecto cumplimiento de las normas. Se suponía que un poco de ejercicio y aire libre favorecía la salud de los agentes, de modo que una vez por semana abandonábamos nuestro reino de cuatro paredes y salíamos por una puerta lateral del edificio. Todavía andábamos con los ojos entrecerrados para defendernos de la luz del sol, cuando oímos una voz detrás de nosotros.

—Buenos días ——dijo—. Soy Dindir.

Nos dimos vuelta, sorprendidos. No había duda de que era ella: respondía a la descripción que nos habían hecho. Tenía la apariencia típica de los exploradores, con su cuerpo alto y musculoso, el mameluco azul manchado de sustancias de otros mundos, la tira de plástico que decía “Coracor” en el pecho, la piel oscurecida y cuarteada, el acento extranjero. Decían que en su historia había más de veinte expediciones, y al verla no era difícil creerlo: estaban detalladas en sus cicatrices, sus marcas y su modo de caminar. Dindir era la demostración de que, si el azar domina el Sorteo, ese azar está bien dirigido: en principio, cualquiera puede salir sorteado e ir a parar al planeta cuya bolilla haya salido con la suya; pero así como jamás sale el mismo planeta en dos Sorteos diferentes, los exploradores más hábiles son elegidos una y otra vez. Teóricamente, Dindir no tenía más posibilidades que nosotros de que volvieran a elegirla, pero, hasta donde sabíamos en ese entonces, ella seguramente haría otras veinte expediciones, y nosotros seguiríamos llenando formularios dentro del edificio y saliendo a caminar por la costanera cada domingo.

—No se asusten —dijo, al ver nuestras caras—. Pasaba por acá, tropecé con ustedes y me dieron ganas de charlar un rato.

La excusa era débil, pero en ese momento le creímos. Estábamos demasiado asombrados de tenerla para nosotros solos, y nuestra experiencia todavía no nos había enseñado a desconfiar.

—Para nosotros es un honor —dijo Gadma.

—Tener la compañía —siguió Calibares.

—De alguien tan importante —terminó Sabrasú.

—Me siento halagada —dijo—, pero no es para tanto.

Era común que quienes nos oían por primera vez hablar a nuestro modo peculiar hicieran algún comentario al respecto, y estábamos hartos de dar explicaciones. Sin embargo, Dindir no dijo nada. Debimos deducir que ya sabía algo de nosotros, pero el entusiasmo nos lo impidió.

—¿Cómo va la exploración? —preguntamos, un tanto formalmente.

Dindir alzó los hombros.

—Es un trabajo lento —dijo—. Todavía nos falta mucho para comprender ese edificio de ustedes, y además nos queda el resto del planeta. Ni siquiera sabemos si vale la pena tanto esfuerzo.

—¿Por qué?

—La exploración de un planeta sirve para abrir el camino a una nueva sucursal del Centro. Pero en Varanira ya tienen su sucursal.

—Si salió en el Sorteo por algo será.

Dindir nos miró fijo durante un segundo, y tardó en contestar.

—Sin duda —dijo después, distraída.

No sabíamos qué más decir, y anduvimos varios minutos en silencio, mirando a Dindir con disimulo. A Dindir le faltaba el ojo izquierdo: uno de los tantos rastros que le había dejado en el cuerpo su vida de exploradora. Cuando pensaba ponía la cabeza de modo que nos apuntaba con la órbita vacía. No era una situación cómoda. De algún modo, esa ausencia de mirada nos hacía sentir desnudos. A través de ese agujero nos contemplaba la sabiduría de otros mundos.

Caminábamos hacia el sur, con el río a la izquierda. Al otro lado del río, la ciudad se veía gris y chata, empezando por unos ranchos de chapas distribuidos al azar en medio del barro, y siguiendo por las casas iguales y ordenadas en hileras interminables. A la derecha, en cambio, estaba el edificio: dos kilómetros de hormigón, de cien metros de altura, sin una sola ventana. El edificio representaba lo que conocíamos, el mundo en que habíamos aprendido a vivir. Enfrente, la ciudad era territorio extranjero, regido por otras normas, habitado por otra gente, alejado del Centro por mucho más que un río de aguas turbias, que hubiéramos podido vadear en diez segundos.

—Dicen que Coracor es muy diferente de Varanira —comentamos luego, buscando el modo de sacarle información a Dindir.

—No tanto —dijo Dindir—. Todos los mundos se parecen. Hay ciudades, ríos, montañas, mares.

—Nos referimos al Centro. La sucursal de Coracor…

—Las diferencias están en la superficie—nos interrumpió—. Ustedes tienen su edificio, nosotros tenemos algo como eso —señaló la ciudad—. Ustedes tienen su anarquía, nosotros tenemos autoridades, pero en los dos casos las que gobiernan son las normas establecidas. En el fondo, Varanira y Coracor son lo mismo.

Miramos la ciudad, sin entender el criterio de Dindir. Por las calles se arrastraba gente sucia y debilitada por la mala comida. Había unos pocos vehículos con motor, que cabeceaban y rugían esquivándose en las esquinas, arrastrando con ellos a unos pasajeros apurados por hacer sus cosas sin importancia. Los gritos de los vendedores ambulantes cruzaban, incluso los domingos, el sector de ranchos y el río, acompañados por el olor a podrido que despedía la ciudad en conjunto. De nuestro lado, en cambio, el edificio daba una impresión de limpieza, solidez y eficacia que se correspondía con la imagen que teníamos del Centro. Aunque en el edificio no hubiera jefes reconocibles, la anarquía no estaba ahí sino enfrente, al otro lado del río.

De todos modos, había asuntos más importantes que discutir, diferencias más profundas que a nuestro modo de ver hacían a Coracor incomparable con Varanira.

—Ustedes no conocen a la Computadora Central —dijimos.

—No la necesitamos —dijo Dindir.

—Tampoco tienen al Consejero.

—No nos serviría de nada.

—Y no usan el sistema del karma.

—Sabemos cómo reemplazarlo.

De pronto la charla se había convertido en una especie de acusación de nuestra parte, y no queríamos seguir en ese tono, de modo que nos callamos. Pero Dindir no parecía ofendida: siguió hablando de un modo indiferente, como si el tema no le interesara o estuviera aburrida de repetir lo mismo ante cada varanir que se le cruzaba en el camino.

—No hace falta que creamos en esas cosas —dijo— para ser como ustedes. Trabajamos en lo mismo, del mismo modo. Tenemos normas, algoritmos, Sorteo, y algún tipo de soporte físico para que todo eso se mantenga unido. Es lógico que haya pequeñas diferencias, porque son necesarias. Si no las hubiera, el Centro no podría hacer nada. La entropía ya es bastante alta en el Centro: queda poca energía que se pueda transformar en trabajo. Por eso a veces se necesita tanta gente y tanto esfuerzo para llevar a cabo una pequeña acción. Si las diferencias desaparecieran, la entropía sería máxima, y ya no habría trabajo posible.

—Sí, pero —empezamos, y dejamos la frase sin terminar. ¿Qué debíamos hacer? Si queríamos reunir nueva información sobre Coracor, entonces lo mejor era cambiar de tema. Pero no nos gustaba la idea de ver atacados de ese modo los principales componentes de nuestro mundo. Los elementos que Dindir llamaba “pequeñas diferencias” tal vez no significaran nada para los habitantes de la ciudad, al otro lado del río, pero nosotros no concebíamos la vida sin ellas. Estábamos obligados a defenderlos de la incredulidad de Dindir—. Aunque Dindir no esté de acuerdo —dijimos finalmente—, el Centro no sería lo que es sin la Computadora Central. Ni podría conservarse a sí mismo sin el Consejero. Ni tendría la lealtad de sus agentes sin el sistema del karma.

Dindir se rió. Su risa era oscura y nerviosa, y parecía salir de la órbita vacía.

—¿Pueden demostrar todo eso? —preguntó.

—No hay que demostrarlo —dijimos—. Es evidente por sí mismo.

—Para mí no.

De vez en cuando nos cruzábamos con otros habitantes del edificio que habían salido a tomar sol. Todos miraban a Dindir con curiosidad, y algunos hasta trataban de unirse a nuestro grupo para participar en la discusión. Pero Dindir parecía tener ganas de hablar sólo con nosotros, porque no les prestaba atención, o, si insistían, los espantaba con un gesto especial del lado izquierdo de la cara.

—Muy bien —dijimos—. Lo vamos a demostrar.

Éramos ingenuos. No se nos ocurrió pensar que en la última semana Dindir ya había discutido el tema con otras cien personas. En realidad, Dindir no daba señales de haber oído antes las mismas palabras que usábamos nosotros. Era buena actriz, y tenía paciencia para llegar a su verdadero objetivo.

A nuestro modo de ver, había un solo camino para convencerla, y decidimos empezar por donde correspondía.

—Al principio —dijimos—, cuando el Centro no existía, la Computadora Central comprendió que tenía un papel que cumplir en el universo: dar forma a lo informe. Entonces…

—¿Y quién dio forma a la Computadora Central? —interrumpió Dindir.

—Eso no interesa.

—Primera falla —dijo. Volvió a reírse, y nos atravesó con la mirada de su ojo sano—. Sigan.

—Entonces trabajó con lo que había a su alcance, planetas, pueblos, leyes físicas y matemáticas, construyendo una estructura que ordenara lo existente —nos entusiasmamos, a pesar de las barreras de Dindir: había pocas oportunidades para probar nuestros conocimientos de la historia—. Así fue surgiendo el Centro, entre…

—¿Y el azar, dónde queda?—volvió a interrumpir Dindir.

—Ése es el toque de genio de la Computadora Central —contestamos—. Su intención era que el Centro perdurase, pero ¿cómo podía conseguirlo, enfrentando los imprevistos que pudieran surgir en los siguientes millones de años? Ninguna estructura resiste tanto, a menos que incorpore los imprevistos a su propio funcionamiento. Pero esa tarea sólo es posible para una gran inteligencia, dueña del mayor de los poderes.

—Supongo que la Computadora Central cumplía esos requisitos —Dindir torció la boca, para mostrarnos que la historia le resultaba inverosímil.

—Y los sigue cumpliendo —dijimos—. La Computadora Central construyó el Centro de manera que el azar no pudiera destruirlo, y para eso usó el mismo azar como principal materia prima. Dicho de otro modo, puso las semillas y dejó que germinaran según las leyes que la estadística determinara. El resultado fue un organismo inmune a los accidentes, precisamente porque está formado por accidentes.

—Todavía no encuentro la evidencia de lo que dicen. ¿Dónde están esas semillas que puso la Computadora Central? Muéstrenme una, y aceptaré todo lo demás.

Sabrasú alzó el portafolios que siempre llevaba consigo, y lo entreabrió para que Dindir viera el contenido: dos tomos grandes, forrados en cuero, con miles v miles de hojas de un papel finísimo.

—El Consejero es una de las semillas más importantes —dijimos, mientras Sabrasú volvía a cerrar el portafolios—, y sigue germinando día a día, consulta a consulta. La Computadora Central lo escribió para orientarnos, para que tuviéramos en todo momento su pensamiento con nosotros. Y también es un ejemplo de cómo usó el azar para alcanzar su objetivo —hicimos una pausa, disfrutando de antemano con lo que seguramente iba a ser nuestro primer triunfo—. Cada vez que lo consultamos, el azar determina qué consejo, entre los más de dos millones de consejos diferentes, es el que debemos aplicar. Tiramos la moneda hasta obtener la sección, el capítulo y el versículo que corresponden, y leyendo y meditando sobre la respuesta recibimos la lección apropiada para el momento, directamente de la Computadora Central.

—Es curioso —dijo Dindir, simulando interés—. Por supuesto, no creo ni una palabra. Pero me gustaría ver al Consejero en acción. ¿Cómo hacen para consultarlo? ¿Hay que preguntarle algo?

—Depende —contestamos—. Hay dos tipos de consulta. Cuando se trata de la consulta diaria, no hay que hacer preguntas. El Consejero nos habla de lo que él quiere, refiriéndose a la cuestión que más le interese a la Computadora Central. Si queremos que responda a un tema en particular, entonces debemos formularlo claramente, para que ni él ni nosotros tengamos dudas, y así se refiere exclusivamente a ese tema.

—Yo quiero hacerle una pregunta —dijo Dindir—. ¿Me lo permiten?

—Es él quien debe permitirlo.

—Bien —Dindir nos enfrentó con su ojo ausente durante un minuto entero—. La pregunta es ésta: ¿es verdad lo que dicen ustedes?

Nos pusimos nerviosos. No sabíamos cómo podía actuar el Consejero ante una consulta que ponía en duda su propia autenticidad. Tal vez se negara a responder.

—¿Qué pasa? —dijo Dindir, al ver que no reaccionábamos.

—La pregunta no está clara ——dijimos, más que nada por ganar algo de tiempo para pensar.

—Lo diré de otro modo. No creo en la Computadora Central. No creo en el Consejero. No creo en el sistema del karma. Querido Consejero, ¿quién tiene razón? ¿Ellos o yo? ——el tono burlón de Dindir nos molestaba, pero no se lo reprochamos—. Díganme qué tengo que hacer para que conteste.

A nuestro alrededor se juntaba cada vez más gente. Ahora estábamos rodeados de curiosos, que no se atrevían a acercarse demasiado por respeto a Dindir, o por miedo, pero cuya presión sentíamos. No estábamos dispuestos a someter al Consejero a las dudas de Dindir ante tantos testigos: si algo salía mal, la culpa caería sobre nosotros.

—Mejor vamos a otro lugar —le propusimos a Dindir, improvisando sobre la marcha—. El Consejero funciona mejor en un ambiente resguardado.

—¿A dónde quieren ir? —preguntó Dindir. El ojo sano se le encendió de alegría, como si hubiera estado esperando este momento.

—Donde Dindir prefiera, siempre que estemos solos.

—Vamos a su oficina, entonces —dijo, y empezó a caminar hacia la puerta más próxima.

No pudimos responder. Nos parecía increíble que una de las exploradoras de Coracor quisiera entrar a nuestra oficina y discutir allí con nosotros, como si fuéramos personajes dignos de atención. La situación incómoda en que Dindir nos había puesto con el Consejero pasó a segundo plano, y atravesamos la muralla de curiosos tras ella. Entramos al edificio, y nos permitió que la guiáramos por pasillos y salones hasta nuestro nicho privado, ubicado en una de las regiones más apartadas y descuidadas de todo el edificio. Hicimos el recorrido en silencio, y tuvo el buen gusto de no comentar las manchas de las paredes ni los desniveles del piso, que aumentaban a medida que nos acercábamos a nuestro lugar de trabajo.

La oficina también era dormitorio. Vivíamos allí, y sólo salíamos a la hora de comer, o para encontrarnos con otros agentes y mantener esas reuniones que eran la sal de nuestra vida. Como todos los domingos, habíamos dejado las camas a la vista, y cuando entramos seguidos por Dindir nos apuramos a meterlas en las paredes. Un minuto mas tarde ya habíamos extraído los escritorios y las sillas, y el lugar había recobrado su apariencia característica de los días de semana. Cada uno de nosotros se acomodó tras su propio escritorio, y ofrecimos a Dindir uno de los dos asientos que quedaban, que habíamos colocado en un lugar donde los tres podíamos verla de frente. A pesar del equipo de refrigeración central, hacía calor. Quedaba muy poco espacio libre.

Sabrasú abrió el portafolios otra vez, sacó los dos tomos del Consejero y los puso delante de Dindir.

—Lo único que hay que hacer es tirar la moneda —dijimos. La moneda estaba en un sobre, bajo la tapa del primer tomo del Consejero. Calibares la buscó y se la dio a Dindir—. De un lado tiene un uno, y del otro un cero. Se tira siete veces, y se anotan los resultados de derecha a izquierda. Así se forma un número binario de siete cifras, con un valor entre cero y ciento veintisiete. Ese valor indica en qué sección del Consejero está la respuesta pedida. Luego se tira la moneda otras siete veces, para obtener del mismo modo el capítulo que corresponde. Y después otras siete veces, para llegar al versículo, el consejo propiamente dicho, que será uno determinado entre los ciento veintiocho que hay en cada uno de los ciento veintiocho capítulos de cada una de las ciento veintiocho secciones.

—¿Ya puedo empezar? —dijo Dindir. No parecía impresionada.

—Cuando Dindir quiera.

Ahora ya no podíamos echarnos atrás. Quedaba por ver qué hacía el Consejero con nuestra culpa.

Dindir eligió un papel en blanco y un lápiz de nuestros escritorios, y empezó a tirar la moneda. No tuvo necesidad de volver a preguntar sobre el mecanismo de la consulta. Anotó el resultado de cada tiro hasta obtener la sección, luego el capítulo y finalmente el versículo. Sabrasú se inclinó sobre ella para ver qué había salido.

—Consejero, 87:93:51 —anunció. El número no nos decía nada: era uno de los tantos versículos que jamás habíamos visto. Pasamos las páginas del segundo tomo hasta encontrarlo, y lo leímos rápidamente para nosotros mismos antes de mostrárselo a Dindir. No supimos si sentir alivio o no. El versículo decía: “La taza se rompe. Para eso son las tazas. No hay otro sentido. Ponga su ladrillo en la obra. Invente un dormitorio. Terminará siendo escombros. Lo real es efímero, y es real mientras no se demuestra lo contrario.”

Cuando Dindir lo leyó se puso a reír más fuerte que antes, hasta que empezó a toser. Su ojo sano echó una lágrima, que trazó una línea retorcida sobre la cara llena de cicatrices.

—Está muy claro —dijo cuando se aclaró la garganta, mientras nosotros seguíamos mudos—. Lo que se rompe, lo que se hace escombros, es esa creencia de ustedes. ¿Se dan cuenta? El Consejero no sirve para nada. La Computadora Central no existe. Y se acabó.

—Dindir se equivoca —dijimos, tratando de improvisar una respuesta. Estábamos acostumbrados a meditar largamente sobre los versículos del Consejero antes de llegar a una conclusión, pero ahora no había tiempo. Teníamos que responder ya mismo—. El versículo se refiere a las dudas de Dindir, que se hacen pedazos ante la fortaleza del Consejero —sabíamos que nuestro argumento no era del todo sólido, pero tal vez bastara para salvarnos del peligro—. Dindir olvidó interpretar las últimas frases. Significan que la prueba destroza la conjetura. La conjetura permanece en pie mientras no aparece la prueba que la refuta.

—Esto es absurdo —dijo Dindir—. Se puede interpretar cualquier cosa.

—No es cierto —dijimos, cada vez más seguros de nosotros mismos—. La interpretación de Dindir se contradice consigo misma. Dindir desconfía del Consejero, y no le cree nada, excepto cuando dice de sí mismo que miente. ¿Cómo entender semejante selectividad? ¿Cuál es el criterio para diferenciar lo verdadero de lo falso?

—Muy ingenioso —dijo Dindir—. Así que el Consejero no puede decir de sí mismo que es un fraude. Para eso, ni siquiera me hubiera molestado en consultarlo.

—El Consejero no puede decir eso. Para empezar, porque no es ningún fraude. Y luego, porque caería en la paradoja de “Esta frase miente”: si miente dice la verdad; si dice la verdad, miente.

Dindir cerró el Consejero de un golpe y nos devolvió la moneda.

—No vamos a ninguna parte —dijo—. No me demuestran nada.

Por lo menos, ahora no se reía. Pero no perdía su aire de estar jugando a algo que no terminábamos de entender.

—Nosotros creemos que sí. Pero Dindir es demasiado… —nos detuvimos: íbamos a decir “ciega”, y justo en ese momento su órbita inútil quedó frente a nosotros. Dindir estaba pensando.

—Hagamos otra prueba —dijo luego—. ¿Puedo formularle una pregunta diferente?

—Por supuesto —dijimos antes de pensarlo dos veces, y nos arrepentimos enseguida: si habíamos evitado el peligro una vez, no había razón para volver a enfrentarlo—. ¿Cuál es la pregunta?

—¿Tengo que decirlo en voz alta?

—Sí —mentimos, para tener mejores oportunidades de defendernos después.

—De acuerdo. Mi pregunta es: ¿podremos, mis compañeras y yo, alcanzar el objetivo de nuestra expedición? Nos sentimos aliviados. La pregunta no era tan comprometedora como temíamos. Dindir volvió a tirar la moneda hasta obtener el versículo que correspondía a la situación. Una vez más, Sabrasú se encargó de leerlo.

—Consejero, 44:8:103: “Lo que está bajo tierra sale a la superficie. El ocultamiento es el enemigo. La verdad resplandece. Quien no la conoce, la evita. Quien la vislumbra, resplandece con ella.”

Dindir escuchó con atención, moviendo la cabeza de arriba abajo, los brazos cruzados sobre el pecho.

—Eso significa que… —dijo para sí misma, y se interrumpió. Esperamos, pero no agregó nada. El silencio duró algunos segundos. Luego Dindir volvió a reírse, se golpeó las rodillas con las manos y cambió de tema—. Mejor terminemos con su historia —dijo—. Estábamos en que la Computadora Central les envía mágicamente sus órdenes a través del Consejero. ¿Cómo sabe que ustedes van a cumplirlas?

No comprendíamos lo que había ocurrido, pero nos alegró salir de esa zona oscura en que Dindir nos había metido, y enseguida olvidamos la cuestión.

—No lo sabe —contestamos—, ni nos obliga a hacerlo. No le importa.

—¿Y así maneja el Centro? —Dindir debía tener ganas de burlarse—. No creo que se pueda llegar muy lejos de ese modo.

—No necesita obligar a nadie. Cada agente elige libremente lo que hace. Pero si no cumple las órdenes, o mejor dicho los consejos, su karma irá empeorando. Pronto será tan malo que ya no habrá consejos que cumplir. La Computadora Central dejará de dirigirse a él, y tarde o temprano quedará fuera del Centro.

Dindir empezó a reírse otra vez, pero luego pareció decidir que no valía la pena.

—En cambio —dijo, imitando nuestro tono de voz—, si el agente cumple las órdenes, perdón, los consejos, su karma mejorará. La Computadora Central le dirá “confío en ti, hijo”, y todos seremos felices.

—Dindir aprende rápido —dijimos.

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