El fondo del pozo – 10

El fondo del pozo

10

“Nada es permanente, ni siquiera esta frase. Todo fluye. Vuelva a un lugar ya visitado, y lo encontrará diferente. Las piedras cambian. Y más cambia la memoria.”
(Consejero, 34:89:71)

A medida que nos alejábamos de la habitación blanca, siguiendo el rastro de la linterna por los recovecos del túnel, más nos convencíamos de que habían tratado de engañarnos. La mano mental había desaparecido mientras se cerraba la puerta, y las palabras de la voz perdían consistencia en nuestro recuerdo. Lo único seguro que nos quedaba era el fajo de billetes, que abultaba el bolsillo de Gadma, y el Consejero, que distinguíamos como una nube distante en su archivo inconsciente. El resto podía haber sido la más auténtica de las verdades o el fraude más evidente, y no conseguíamos descubrir la diferencia.

Pensábamos libremente, pero todavía no estábamos seguros de poder confiar en nosotros mismos. Nuestro pensamiento compartido vagaba por rumbos dispersos, y si podíamos avanzar era gracias a que cada uno de nosotros reservaba un poco de atención para ver dónde ponía los pies. Lo más doloroso era no saber si habíamos encontrado realmente a la Computadora Central; el solo hecho de dudarlo ya nos parecía demasiado atrevimiento de nuestra parte, pero tampoco lo podíamos admitir, porque el control mental nos había impedido percibir claramente lo que ocurría, y tal vez se hubiera encargado también de sembrar la desconfianza en nosotros. Cuando salimos del túnel todavía estábamos confundidos. Con su consejo final, la voz había terminado de complicarnos el panorama. Bastantes problemas teníamos ya con lo que nos presentaba el pozo, sumados a las historias y los mensajes de la supuesta Computadora Central, para agregar el nuevo deber de distinguir lo verdadero de lo falso. Finalmente, tomamos una decisión: mientras el Consejero no se despertara de su sueño inconsciente para ayudarnos, lo mejor que podíamos hacer era atender las exigencias del contrato. Nos provocaba menos dudas que el resto, y si de algo estábamos convencidos era de que aún quedaban sectores del pozo por conocer. Con planear los siguientes pasos de la expedición ya estaríamos bastante ocupados. Luego tendríamos tiempo para pensar y discutir sobre lo demás.

El túnel desembocaba entre unas piedras, desde donde se veía la cima de la montaña, unos trescientas metros más arriba. Un mes después de nuestra llegada a Guirnalda, el verano estaba terminando en la región de la montaña; un viento frío se colaba entre las piedras y atravesaba nuestra ropa liviana. En cuanto vio la luz, Gadma preparó su cámara.

Delante había otra aldea, muy parecida a la primera, con sus correspondientes ocho o diez casas, sus dos corrales, su depósito y, su mirador asomado al abismo. No la habíamos visto durante nuestra ascensión, aunque el camino pasaba prácticamente por todos los puntos de la montaña. Pero en ese momento creímos encontrar una explicación: igual que la aldea de la cima, apenas se diferenciaba del resto del paisaje.

Nos pareció apropiado pedir consejo a los pobladores sobre los pasos a seguir, así que caminamos hacia las casas. En cuanto nos acercamos, apareció una mujer joven, con cara terrosa y unos pechos pesados que se movían bajo la ropa. Gadma le sacó varias fotos.

—Tengo tres trajes de amianto —dijo—, al precio de dos.

—Buenas tardes —dijo Calibares.

—¿Y para qué los queremos? —preguntó Sabrasú.

La mujer metió las manos en los bolsillos, echó los hombros hacia atrás y nos miró con desdén.

—Se ve que no lo saben —dijo.

—¿Qué es lo que no sabemos? —intervino Gadma.

—Más abajo el pozo se calienta —dijo la mujer—. Hay fuego.

—Lo que nos interesa —dijo Calibares— es averiguar por dónde seguir la exploración.

—Porque somos exploradores —aclaró Gadma.

—Y tenemos que inspeccionar todo el pozo —dijo Sabrasú.

—¿Todo el pozo? —la mujer hizo un gesto de impaciencia—. Son más ignorantes de lo que imaginé. Su contrato seguramente no les exige eso.

Nos indicó que la siguiéramos. La acompañamos hasta la puerta del depósito, abrió con su llave de madera, entró y nos dejó afuera. No había nadie a la vista, y nos dio la impresión de que ya habíamos vivido esa escena. A un costado estaba el paisaje de Guirnalda, con sus sembradíos y la ciudad allá lejos. Al otro lado de las casas de piedra, grises y desprolijas. En uno de los corrales había tres burros iguales a los nuestros.

—Lo único que falta es un trueno —dijo Calibares.

—Dos truenos —corrigió Gadma.

Pero no hubo ninguno. La mujer salió del depósito con los trajes de amianto.

—Cómprenme los trajes —dijo—, y les daré sin cargo la información que piden.

Descargamos los bultos en el suelo, y cada uno agarró un traje para estudiarlo.

—Parecen de buena calidad —dijo Gadma.

—Y la verdad es que serían útiles —dijo Calibares.

—Si es cierto que más abajo hay fuego —dijo Sabrasú.

—Calidad y fuego garantizados —dijo la mujer.

Pagamos, y la mujer guardó el dinero en el corpiño.

—Ahora la información —dijo Sabrasú.

—Tienen que volver por donde vinieron —contestó la mujer, sonriendo, mientras corría hacia una de las casas.

—¿Y eso es todo? —protestó Calibares, pero era tarde.

La mujer se metió en su casa y cerró la puerta.

—Ahora necesitan una soga más larga —dijo un hombre a nuestro lado. No lo habíamos visto acercarse—. Les cambio la que tienen por la mía, si me dan algo de dinero.

—Un momento —dijo Sabrasú, antes que Calibares tuviera tiempo de saludar—. ¿Usted no estaba allá arriba? —señaló la cima.

Sabrasú, cuando piensa solo, es el más observador de los tres, y tenía razón. Ahora que lo mirábamos bien, estábamos seguros de haber visto al mismo hombre en el grupo que nos había despedido de la primera aldea. El poblador puso cara de no entender.

—¿Dónde? —dijo—. Yo nunca salí de mi aldea.

—Sin embargo —dijimos—, nuestros ojos no pueden engañarnos tanto.

El hombre ensanchó su sonrisa de vendedor, igual a todas las sonrisas que nos habían mostrado hasta entonces los pobladores de la montaña. Gadma aprovechó la pose para fotografiarlo.

—Lamento decepcionarlos —dijo—. ¿Me cambian la soga?

Decidimos no insistir. Parecía de mal gusto discutir con los lugareños, sobre todo si dependíamos de ellos para llevar a cabo la exploración. Además, podíamos estar equivocados.

—De acuerdo —dijimos—, pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó el poblador, sin dejar de sonreír.

—Que nos explique por dónde debemos continuar.

—¿No se lo dijeron ya? —preguntó el poblador—. Deben volver por donde vinieron, hasta el cuerpo principal del pozo.

—¿Y recorrer otra vez todas esas habitaciones? El hombre nos miró sorprendido.

—¿Qué habitaciones? —dijo.

Ahora nos tocó a nosotros sonreír.

—Parece que ustedes no lo saben todo sobre el pozo —dijimos. Sabrasú señaló en la dirección del túnel por el que habíamos llegado—. Estuvimos un mes ahí adentro, recorriendo dormitorios y salas de estar.

—Ahora comprendo —dijo el hombre, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Ésa fue su interpretación.

—¿Nuestra interpretación de qué?

—Deberían saberlo —el poblador hizo una pausa para volver a construir su sonrisa—. Y ahora, ¿me cambian la soga de una vez?

De nuevo decidimos no insistir. No queríamos que se notara nuestra falta de experiencia como exploradores: si había algo que a esa altura ya teníamos que haber descubierto pero todavía ignorábamos, entonces era mejor no preguntar demasiado. Cambiamos nuestra soga de trescientos metros por una de quinientos, pagamos la diferencia, y el hombre desapareció de la vista. Se nos acercó una vieja.

—Necesitarán que los guiemos —dijo—. Represento al cuerpo de guías de la aldea.

—¿Nos acompañarán por el pozo? —preguntó Calibares, un poco molesto por la idea de perder su puesto.

—Sólo por un tramo —dijo la vieja—, hasta donde puedan volver a andar solos.

Le hicimos un gesto a Calibares y dejamos de discutir. Además de nuestras propias dudas, que preferíamos ocultar, la habilidad de los pobladores para inspirarnos confianza nos daba pocas ganas de protestar. Algo parecido había ocurrido ya en la aldea de la cima. Entonces lo atribuíamos a nuestra propia necesidad de confiar en alguien, y ahora agregábamos el hecho indudable de que sabían más que nosotros sobre el pozo.

El precio que pidió la vieja nos pareció excesivo por un simple trabajo de guía, pero no imaginamos que sería media aldea la que nos iba a guiar. En cuanto pagamos la vieja silbó tres veces, y varios hombres, dos o tres mujeres y un chico salieron de sus casas y se amontonaron a su alrededor. Algunas caras nos resultaban conocidas, pero no dijimos nada: en cierto modo, pensamos, todos los aldeanos se parecen.

—El cuerpo de guías —los presentó la vieja.

—¿Para qué tanta gente? —preguntó Calibares.

—Ustedes no se toman esto en serio —dijo la vieja—. El pozo ofrece muchas resistencias. Si quieren ir acompañados por una sola persona, allá ustedes, pero no les puedo garantizar que lleguen alguna vez a alguna parte.

La vieja dio algunas órdenes a su gente, mientras dos hombres repartían antorchas entre los demás. Entonces recordamos que nos habíamos quedado sin comida, y que teníamos las cantimploras vacías. Se lo dijimos a la vieja.

—La próxima etapa es muy corta —contestó—. No necesitarán otra cosa que lo que ya compraron. ¿O creían que nos íbamos a olvidar de algo?

Siguiendo sus indicaciones, cargamos los bultos y caminamos otra vez hacia el túnel, echando un último vistazo al aire libre y a la luz del sol. La cuerda estaba bien arrollada y acomodada sobre la espalda de Calibares, y cada uno llevaba su traje de amianto encima del resto de las cosas. Cuando entramos al túnel los guías encendieron sus antorchas, y vimos detalles que la linterna de Calibares no había revelado: las paredes estaban manchadas de verde; había vetas de hongos que las recorrían de arriba abajo, y un reguero de un líquido rojizo que atravesaba el suelo. Avanzamos en fila india, con la vieja al frente, seguida por la mayoría de los guías, mientras tratábamos de imaginar cómo haríamos para atravesar la casa subterránea sin agua ni comida. Nosotros íbamos en la retaguardia de la procesión, con un par de hombres y el chico detrás. De vez en cuando la vieja se detenía, gritaba algo en un idioma que no entendíamos, y luego seguía andando.

—¿Qué dice? —le preguntamos a un guía.

—Pide permiso —fue la respuesta—. ¿Ustedes no lo hicieron?

Anduvimos quince minutos, y empezamos a darnos cuenta de que esta vez no encontraríamos las habitaciones, ni nada parecido.

—Eran espejismos, entonces —dijo Sabrasú en voz baja, para que los aldeanos no oyeran.

—¿La voz y la pantalla también? —dijo Gadma.

Una rabia difusa nos hizo cerrar los puños. Alguien se estaba divirtiendo a costa de nosotros. Y el colmo era que una ilusión nos hubiera hablado sobre la conveniencia de distinguir las ilusiones de la realidad. Sin embargo, los billetes habían servido para pagar nuestras compras, y todavía quedaban algunos en el bolsillo de Gadma. Echamos un vistazo al rincón donde dormía el Consejero, y también seguía en su lugar.

La rabia se acabó de golpe cuando llegamos a la cornisa en la que había terminado la primera etapa de la exploración. A la vista del agujero que teníamos delante lo que sentimos fue miedo.

—¿Vamos a bajar por acá? —preguntamos—. ¿No hay otro camino?

La vieja estaba a nuestro lado. Nos miró como si acabáramos de agotar su paciencia.

—No —dijo—, no hay otro camino. ¿Éste les parece poco digno?

—¿Vendrán con nosotros? —preguntó Sabrasú.

—De ningún modo —dijo la vieja—. Los ayudaremos a bajar, pero después nos volveremos a casa. No querrán que hagamos todo el trabajo por ustedes.

—Está bien —dijo Calibares, usando su pensamiento individual para recuperar la iniciativa perdida—. No los necesitamos.

En realidad, lo que menos habíamos esperado era tener que volver a ese lugar, pero había que cumplir con el contrato y con nuestro papel de exploradores del Centro. Eso significaba dejar el miedo a un costado, o por lo menos así decían los relatos que se contaban en Varanira, y enfrentar lo que se nos cruzara en el camino. La vieja nos indicó que nos pusiéramos los trajes de amianto, y mientras nos cambiábamos, por no mirar el agujero, nos pusimos a mirar las paredes.

A la luz de las antorchas resultó que estaban cubiertas de dibujos: escenas de caza, animales fantásticos, naves espaciales, una mujer amamantando a su hijo, muchos retratos, una tribuna llena de gente. Estaban trazados con tiza blanca directamente sobre la roca, pero habían sido hechos con tanto detalle que por más que nos acercábamos no podíamos distinguir las líneas del dibujante. Empezamos a demorarnos con los trajes, en parte por el interés que nos despertaban los dibujos, y en parte para retrasar en lo posible el momento de sumergirnos en el agujero. Entonces Calibares descubrió un retrato suyo y otro de Gadma, y un poco más allá una representación de nuestra oficina de Varanira.

—¿De dónde salió esto? —preguntó Gadma, mientras sacaba fotos.

La vieja se acercó riendo.

—Son buenos, ¿no? —dijo, señalando los retratos.

—Ésa es nuestra oficina —dijo Sabrasú, tirando de un brazo de la vieja para que viera el otro dibujo.

—Parece bien instalada —dijo la vieja—. ¿Y la abandonaron para venir acá?

La vieja dio media vuelta para irse, pero Calibares la retuvo.

—Queremos que nos explique quién hizo estos dibujos —dijimos—. No importa si nos cobra por hacerlo.

—Está bien —dijo la vieja—, pero eso lo hago gratis. Por si todavía no se enteraron, las leyendas no se cobran. Inclinó la cabeza hacia adelante y pasó un rato masticando, como si quisiera sacar las palabras de entre los dientes.

—Se dice que en el pozo vive un hombre inmortal —dijo después—, que conoce todos los rincones del universo. Su memoria es prodigiosa y su oído finísimo. Estas virtudes le permiten descubrir de dónde viene una persona con sólo oír su voz y reconocer su acento. Seguramente fue él quien hizo estos dibujos, en homenaje a ustedes.

Sabrasú se estaba rascando atrás de la oreja.

—¿No encontraron a nadie aquí? —preguntó la vieja.

—Gadma tropezó con un hombre de voz gangosa —dijo Gadma.

—Es él —dijo la vieja, sacudiendo la cabeza—. Pobre. Tiene la garganta carcomida por los gusanos.

Las leyendas de Guirnalda poseen la propiedad de ponernos nerviosos, y ésta que nos había contado la vieja no era la excepción. De todos modos, si encontrar un dibujo de nuestra oficina en medio del pozo era sorprendente, habíamos visto cosas peores. Por otra parte, ya habíamos terminado de ponernos los trajes, y los guías se estaban impacientando, de manera que nos preparamos para bajar.

El sistema iba a ser el mismo de la primera vez. Calibares construyó otro arnés, tan precario e incómodo como el anterior, e insistió para ser quien iniciara el desfile. Aceptamos enseguida. Se puso el arnés, y empezamos a bajarlo con la ayuda del cuerpo de guías.

Los aldeanos seguían calculando bien la longitud de las cuerdas. Los quinientos metros de la nuestra estaban a punto de terminarse cuando oímos el grito de Calibares, o lo que imaginamos que era su grito, amplificado por la acústica extraña del pozo. En cuanto la cuerda se aflojó y supusimos que Calibares se había quitado el arnés, empezamos a izarla de nuevo. Sabrasú se negaba terminantemente a bajar último, así que le tocó el turno siguiente.

Los pobladores, como siempre, tenían razón. El calor aumentaba con la profundidad. A partir de los doscientos metros empezaban a surgir lenguas de fuego de las paredes, que crecían, menguaban, aparecían y desaparecían sin previo aviso. Sabrasú sudaba dentro del traje, sin la ayuda de nuestro pensamiento compartido. Desconectados, y sin saber qué había más abajo, la única ventaja que le encontrábamos a este tramo con respecto al anterior era que no había voces, ni visitas inesperadas.

La niebla verdosa que habíamos visto desde arriba se ponía cada vez más espesa, hasta que no se veía nada. Sin embargo, a los cuatrocientos metros el aire volvía a estar limpio. A la luz de los fuegos que seguían saliendo de las paredes, Sabrasú vio el techo de humo verde sobre su cabeza, y luego un abismo interminable a sus pies.

La soga parecía demasiado vulnerable al fuego, y Sabrasú prefirió cerrar los ojos para no temblar de miedo cada vez que una llama la tocaba. Lo siguiente que percibió fue un grito de Calibares, y un tirón de la cuerda. Abrió los ojos, y vio a Calibares un poco más arriba que él, tratando de atraerlo.

Calibares había aterrizado en una especie de nicho abierto en la pared, donde había apenas el lugar suficiente para ubicarse de cuclillas. Más abajo las paredes del pozo se veían lisas, sin un solo borde o una cornisa donde hacer pie. Sabrasú se aferró al borde del nicho y con la ayuda de Calibares trepó hasta quedar sentado.

—¿No había un lugar mejor? —dijo Sabrasú.

—Calibares no vio ninguno —dijo Calibares—. Y le pareció que si seguía bajando, la cuerda se iba a terminar.

—Es cierto —dijo Sabrasú—, quedaba medio metro. Pero ¿cómo se dio cuenta Calibares?

Calibares trató de imitar a Sabrasú y rascarse atrás de la oreja, pero la capucha del traje se lo impidió.

—Calibares no sabe cómo se dio cuenta —dijo—. Creyó que era evidente, nada más.

Una llamarada pasó a pocos centímetros de nuestras caras.

—Los aldeanos debían conocer esto —dijo Calibares—. Lo hicieron a propósito, nos mandaron a este lugar sin salida.

—¿Y si subimos otra vez? —preguntó Sabrasú.

—¿Cómo? —dijo Calibares—. Arriba no izarán la soga mientras no la sientan liviana, y no tenemos modo de avisarles otra cosa.

—Sabrasú quiere hacer la prueba —dijo Sabrasú, todavía con el arnés puesto. Gritó, y esperamos. No ocurrió nada.

—Es inútil —dijo Calibares—. Lo mejor es que Sabrasú se quite el arnés, esperemos a Gadma y luego decidamos algo entre los tres.

Sabrasú aceptó. En cuanto se quitó el arnés la cuerda empezó a subir, sin necesidad de que gritáramos. Y en ese mismo momento sentimos que una mano mental, como la que nos había controlado en la habitación blanca, se retiraba de nuestros pensamientos: había estado ahí desde no sabíamos cuándo, sin que la percibiéramos.

—La soga —gritó Calibares. Trató de ponerse de pie, se golpeó la cabeza en la piedra, y estiró la mano hacia arriba, por afuera del nicho. Era tarde: la soga ya se nos había escapado.

Calibares volvió a ponerse de cuclillas.

—Nos engañaron otra vez —dijo Sabrasú.

Ahora que la mano mental nos había liberado, nos dábamos cuenta de que no teníamos que haber soltado la soga. Seguramente bastaba con esperar un tiempo suficiente sin que Sabrasú se quitara el arnés, para que los de arriba se aburriesen y la izaran aunque siguiera pesada. Pero la mano mental nos había manejado a su voluntad, y había conseguido dejarnos varados en el nicho. Nuestra única esperanza era Gadma, que todavía debía bajar, y no podíamos descartar que la mano mental volviese a la carga.

—Podríamos haber traído una radio —dijo Sabrasú—, o cualquier cosa para comunicarnos con Gadma.

También podríamos tener equipo de alpinismo —dijo Calibares—. Nadie pensó en eso, ni nosotros ni los aldeanos.

—O no nos dejaron pensar.

Nos apretamos contra el fondo del nicho, mirando cómo las lenguas de fuego mostraban su coreografía a nuestro alrededor. Gadma tardaría por lo menos media hora en llegar, y no teníamos nada que hacer mientras la esperábamos. La perspectiva era lo bastante desagradable como para que no volviéramos a abrir la boca. Nos quedamos quietos, dejando que el calor nos asara lentamente.

Sabrasú cerró los ojos y empezó a recitar para sí mismo los versículos del Consejero que recordaba, buscando alguno que se pudiera aplicar a la situación. Recordaba bastantes, pero no encontró nada útil. Y ahora que estábamos desconectados, ni siquiera podía vislumbrar la nube donde nadaba el Consejero en nuestro pensamiento compartido.

Calibares, que no sabía de memoria ningún versículo, optó por recorrer mentalmente los pasillos del edificio del Centro donde habíamos pasado toda nuestra vida, los lugares que no se había atrevido a explorar cuando ni siquiera soñaba con el pozo de Guirnalda. El contraste con el nicho en que habíamos caído era demasiado grande, y Calibares se asustó más de lo que estaba. Empezó a temblar, hasta que Sabrasú tuvo que sostenerlo para que no se cayera. El resto de la espera lo pasamos abrazados, apoyándonos en la piedra del nicho, acariciándonos mutuamente la cabeza.

Cuando ya nos dolían los músculos de las piernas, apareció un bulto bajo el techo de neblina verde, entre las llamas. Era Gadma. Sin decir una palabra, la vimos descender metro a metro hacia nosotros. Finalmente llegó casi a nuestra altura.

—Aquí —avisó Calibares, asomándose al borde del precipicio.

Gadma miró hacia abajo.

—¿Dónde? —preguntó. Tenía el visor del traje cubierto de hollín, y no veía nada.

No tuvimos tiempo de contestarle. Una llama más larga y más fuerte que el promedio surgió a un metro por encima de ella y rodeó la soga. Gadma pegó un grito: debió distinguirla a través del hollín. La soga se cortó. Vimos pasar el traje de amianto delante de nosotros, a toda velocidad. Gadma, en su interior, no dejaba de gritar, y siguió cayendo hasta que la perdimos de vista en otra capa de neblina, mucho más abajo.

Los aldeanos habían vuelto a izar la soga, y seguramente se preparaban para bajar los bultos. Nosotros estábamos inmóviles en el nicho, mirando hacia el punto donde había desaparecido Gadma. Las llamas seguían cruzando el vacío entre una pared del pozo y la otra, como si no comprendieran que ya habían cumplido su función.

—Esto no figura en el contrato —alcanzó a decir Sabrasú.

Entonces se abrió una puerta detrás de nosotros, y caímos rodando a la luz del sol.

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