Terminó de poner la primera hilera de azulejos

Terminó de poner la primera hilera de azulejos y empezó con la segunda. Once azulejos por hilera en la pared desnuda, unos dos metros de largo. A su espalda, el lavatorio y el espejo. A la derecha, el inodoro. Sobre su cabeza, ahora que estaba agachado junto al lado izquierdo de la pared, cerca de la puerta, una barra blanca para colgar toallas.

Dio tres golpecitos en un azulejo para fijarlo. El ritmo involuntario le recordó una canción de los años setenta, a la manera extraña en que la música suele irrumpir en la conciencia de las personas, y sin querer se puso a silbarla. La canción se asociaba a una novia que había tenido, a una noche conmovedora en que ambos habían aprendido varias cosas. De manera que convirtió el silbido en tarareo, el tarareo en palabras entrecortadas, y llegó a cerrar los ojos por un momento.

Ése fue el error. Demasiada distracción. Cuando volvió a abrir los ojos la pared se había alargado al menos medio metro.

Mientras la canción se perdía en el aire, dejó la cuchara de albañil en el piso y cerró los puños con fuerza. Miró a un extremo de la pared y luego al otro, tratando de contenerlos. La expansión se detuvo, pero ahora había tres azulejos más en la primera hilera, la terminada. Aspiró hondo, parpadeó una sola vez y golpeó los puños cerrados uno contra otro.

Le pasaba cada vez con más frecuencia, esto de distraerse y dejar que las cosas se salieran de carril. Por ejemplo el día anterior, cuando iba manejando y el acelerador cambió de lugar con el freno. También poco antes, cuando las ventanas de la casa empezaron a desplazarse por las paredes siguiendo al sol. Y cuando los ravioles con salsa de tomate se convirtieron en cucarachas ensangrentadas, cuando los vecinos empezaron a hacer ruido a cualquier hora, cuando las estrellas se realinearon en un gran triángulo, cuando la gente empezó a tirar la basura en la calle, cuando los troncos de los árboles se inclinaron veinte grados hacia el sur. Cuando hizo frío en primavera, cuando un avión voló hacia atrás, cuando los bomberos pasaron tres noches seguidas. Cuando el diario trajo la foto equivocada, cuando los pantalones le quedaron cortos, cuando los chicos de la escuela dejaron de gritar. Cuando el repartidor de pizza rechazó la propina, cuando las baldosas se hundieron bajo sus pies, cuando llovió sin nubes. Cuando el tren llegó tarde, cuando el televisor se dio vuelta para enfrentar la pared, cuando los perros de al lado ladraron toda la mañana. Cuando dejó de necesitar anteojos, cuando el teléfono sonó y no era nadie, cuando el ascensor anduvo hacia el costado. Cuando aparecieron los semáforos, cuando los libros se hicieron caros, cuando la harina se puso blanca.

Había podido controlar muchos de estos eventos. Pero otros se le habían ido de las manos, hasta extenderse por el mundo y, de alguna manera, convencer a los demás de que eran normales. Ahora, sin ir más lejos, si no se concentraba al límite de su capacidad, no sólo podía seguir el ensanchamiento de la pared sino que había riesgos de que se propagara a otras paredes, otros edificios, a la ciudad entera.

Abrió los puños, apoyó las palmas en el cemento e hizo algunos movimientos que sólo él conocía. No estaba seguro de que fueran útiles, pero se había acostumbrado a repetirlos, necesitaba el ritual para mantenerse en foco. Así, lentamente, redujo la pared en el ancho exacto de un azulejo, luego dos, y por último los tres que se habían sumado. Entonces bajó los brazos y se relajó. Le dolía el cuello por el esfuerzo. Inició un movimiento circular de la cabeza, primero hacia abajo, luego hacia la derecha, hacia arriba y atrás. Y ahí, cuando los ojos apuntaron a lo alto, se quedó quieto, mientras el sudor frío le llenaba la frente.

El techo se había ido a siete metros de altura.

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  1. Y aun cuando pudiera controlar el universo entero con sus rituales, no habría modo de que pudiera controlar su necesidad permanente de tener rituales para todo.

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