Vuelvo a casa en el 151

Vuelvo a casa en el 151, de noche, después de charlar con mi amigo Douglas sobre esas cosas de la vida que tienen por precio, justamente, la vida. Hemos tomado un tinto pasable. Dos tintos pasables.

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Las ruedas del colectivo hacen ruido de lija en la calle húmeda. Está nublado y lluvioso, tras un día de sol. Puedo quedarme dos horas sentado aquí junto a la ventanilla, siempre y cuando el tiempo afuera deje de transcurrir.

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Empiezo a mirar ventanas. Me pasa a veces. Hay tantas ventanas, todas diferentes. Y detrás de cada una vive alguien, también diferente. El colectivo dobla bruscamente y un reguero de ventanas pasa frente a mis ojos fijos. Una de un primer piso se queda guardada aquí adentro: al otro lado está oscuro y vacío, y mientras la ventana pasa, por detrás veo pasar otra ventana, una ventana opuesta, contraria, luminosa.

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Hay que moverse. Hay que bajar. Recuerdo la primera vez que me dolieron las rodillas al bajar del colectivo. Estoy llegando y eso también es bueno. De estos últimos minutos hay apenas un rastro vago, pensamientos que no termino de definir y que seguramente no llevan a ninguna parte.

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