Ayer tuve que ir a la AFIP

Ayer tuve que ir a la AFIP (aviso que lo más probable es que esto resulte muy aburrido, ya que sólo intento relatar un trámite burocrático con sus mínimas idas y vueltas, trazar un recordatorio para mí mismo con vistas al día en que tenga que repetirlo y me haya olvidado miserablemente de los detalles. Y ahora mejor vuelvo al tema, antes de que mi amigo Mario Levrero crea que le estoy tomando el pelo a su gusto por ese recurso literario que consiste en iniciar una frase e interrumpirla de inmediato con largas aclaraciones, no siempre entre paréntesis, no siempre pertinentes, que lo obligan por último a reiniciar la frase disparadora).

Como decía, ayer fui a la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos, un ente gigantesco que absorbió a la DGI, o Dirección General Impositiva, y cuya forma es la de una multitud de sucursales con sus respectivas zonas de influencia, a la manera de los warlords afganos sobre quienes aprendimos el año pasado. Si bien son los contadores quienes más frecuentan esas sucursales, a veces un trámite es personal; es decir, hay que hacerlo uno mismo, ya sea porque lo dice la ley o para no pagar más honorarios).

Fui a la AFIP, entonces, a dar un cambio de domicilio (y no me vengan con que me mudé hace dos años y medio, que cómo puede ser que vaya recién ahora a dar el cambio. Ya lo sé. Suelo dejarme estar, y no va a ser justo la AFIP una excepción a la regla. Lo que me preocupa ahora no es ese dejarme estar, al que me he acostumbrado (y por el que ya me han dicho que mis tiempos son como los de la iglesia), lo que me preocupa, decía, es que admitir tal demora en dar un cambio de domicilio acabe constituyendo una falta (o incluso un delito), algo previsto en una ordenanza o una circular o una ley, tal vez la Consitución Argentina, de manera que en pocos momentos más, cuando termine de escribir esto, suenen los golpes en la puerta de mi casa y estén allí los inspectores dispuestsos a llevarme, blandiendo como arma definitiva mi confesión impresa).

Explicaba que fui a la AFIP a dar un cambio de domicilio (para lo cual, mucho antes, me había puesto en contacto con mi contadora, quien a cambio de unos honorarios razonables completó los formularios necesarios, agregó unas instrucciones muy precisas en un papelito verde unido a los formularios con un clip, y me explicó dónde tenía que ir, porque he de confesar también que yo, hasta ayer, no había pisado la AFIP. Tal vez deba aclarar que mi contadora fue siempre crítica del hecho de que no diera antes el cambio de domicilio. Le llevó más de un año conseguir que fuera a dar el cambio en el Registro Nacional de las Personas para que mi nuevo (o ya no tan nuevo) domicilio apareciera en mi documento de identidad, requisito previo a la tan mentada visita a la AFIP, para convencerme de la cual (“para convencerme de la cual” es sin duda una construcción curiosa, torpe por decir lo menos) necesitó otra vez más de un año).

Fui ayer a eso de las once de la mañana. Abren a las diez. Saqué número, el 71. Iban por el 34. Esperé un rato, hasta comprobar que llamaban a razón de un número cada cinco minutos. En cuanto calculé que me llevaría tres horas salir de allí (a menos que muchos otros hubieran renunciado antes, pero no lo creía posible porque había un montón de gente, no menos de treinta personas, en las sillas de plástico negro que la AFIP destina a los sufridos contribuyentes), en cuanto hice ese cálculo me di cuenta de que no podría completar el trámite porque tenía otros compromisos, y de que la situación era mucho peor que lo esperado. Tenía que volver hoy, entonces, ya que la contadora había fechado el formulario “agosto de 2003”, y hoy es el último día hábil del mes (por lo cual, hablando de hábil, debo rendirme ante la destreza superior de la contadora para hacerme cumplir lo imposible).

Me preparé como para un picnic: diario, libro, botella de agua, dos barritas de cereal, todo en un bolso negro que hace juego con las sillas. A sugerencia de mi mujer, fui un rato antes de las diez: llegué a las diez menos cuarto. Había cola en la puerta de esa AFIP tan puntual como poderosa, que abriría quince minutos después, pero no tanta como la gente del día anterior. Una buena señal. Y todavía mejor cuando la mayor parte de la cola se dispersó hacia otras secciones y sólo cuatro personas quedaron antes que yo. Tenía el número 23, y para mi gran satisfacción la mujer que atendía llamó al 19.

Digo la mujer que atendía porque en ese momento era una, aunque normalmente (y ya hablo como si fuera un experto en la AFIP, cuando he explicado que ayer fui por primera vez en mi vida y hoy por segunda. Aunque hay que decir que tras visitar dos veces seguidas un mismo espacio burocrático uno se siente con cierto derecho sobre él, como si hubiera atravesado ciertas fronteras, y hasta dan ganas de saludar a los otros clientes (o como se los llame), y hasta al personal de seguridad. Sin duda, si tuviera que volver una tercera vez, lo que por suerte no es el caso, me tomaría el trabajo de ir a saludar a la mujer que me atendió hoy, pero al decir eso creo que me estoy adelantando al transcurrir ordenado de la historia), aunque normalmente, trataba de decir, las que atienden son dos mujeres.

Un par de minutos más tarde llegó la segunda mujer y llamó al número 20. Un hombre vestido al estilo que Kirchner hizo popular (saco cruzado, es decir con doble hilera de botones, pero abierto, vestimenta que hoy en día se puede considerar una declaración de oficialismo) puso un bolso parecido al mío en la silla de adelante y se quedó de pie, mirando al resto de la gente que acababa de entrar o iba entrando (porque olvidé decir que, allá afuera, la cola había crecido bastante detrás de mí (otra expresión torpe, “la cola había crecido bastante detrás de mí”, con su doble sentido que me hace parecer un mono), y que ahora seguía llegando más y más gente, de manera que las sillas negras se cubrían rápidamente). El hombre del saco cruzado, decía, se quedó mirando a todos con un aire de superioridad cuyo único significado podía ser que él tenía el número 21. Y así era, como pudimos comprobar en cuanto la primera de las mujeres que atendían llamó a ese número, cosa que ocurrió con bastante rapidez ya que, al parecer, el trámite del número 19 quedó inconcluso por la falta de algún papel (y ahora veo que allá arriba escribí “la silla de adelante”, sin haber explicado antes que yo me había sentado en una de las sillas de plástico negro, para ser más preciso la primera de la segunda hilera, lo cual quiere decir que el hombre del saco cruzado ocupó con su bolso la primera silla de la primera hilera, en el rincón superior izquierdo del rectángulo que forman las sillas si se las mira desde arriba).

Yo ya había leído el diario afuera, mientras hacía cola (no muy profundamente, lo admito, y me refiero por supuesto a la lectura del diario). Pero no podía permitir que el resto del picnic quedara trunco, y estaba claro que me quedaba poco tiempo. Así que saqué una de las barritas de cereal, que resultó más dura de lo que imaginaba, y mastiqué con rapidez y estoicismo hasta que la mitad quedó en mi estómago y la otra mitad repartida en pequeños trozos incrustados entre los dientes. La segunda mujer llamó al 22, que estaba en poder de un muchacho humildemente sentado en la fila tres. Guardé el papel de la barrita en el bolso y me apuré a sacar la botella de agua. Tomé la mitad, de lo cual me siento bastante orgulloso porque no fue mucho el tiempo que tuve, ya que el número 21 también resultó un trámite inconcluso (a pesar del saco cruzado oficialista) y la primera mujer llamó al 23, mi número, con la voz aburrida de alguien a quien la vida le ha enseñado que todos los números son iguales.

La otra barrita de cereal quedó en mi bolso, junto al libro. Los dos están ahí todavía, y sin la ayuda de mi contadora tal vez nunca logre sacarlos.

Y ahora podría dar por terminado el relato, ya que a pesar de los malos indicios mi trámite fue plenamente exitoso, si no fuera por una última advertencia que quisiera hacerme a mí mismo para el día en que deba volver a la AFIP: necesitaba fotocopias del documento de identidad, y para eso la mujer que atendía me dijo que podía ir a un kiosco que estaba a dos casas de distancia, y que cuando las tuviera podía volver y dárselas sin hacer la cola otra vez. Pero no es esa la advertencia, no es sobre el documento de identidad y la necesidad de llevar fotocopias. La advertencia es que el kiosco en cuestión estaba cerrado (cuando ya eran casi las diez y media), por lo que tuve que seguir caminando un par de cuadras más, hacer las fotocopias en otro lugar y encontrar que, al regreso, pasadas las diez y media, el kiosco estaba abierto. Se lo comenté a la mujer de la AFIP, y su respuesta fue que “están locos, cierran a las cinco de la tarde, cualquier cosa”. No le dije que entonces podía haberme recomendado algún otro sitio, claro que no. Hay que ser amable, atento, decir gracias y desear los buenos días. De ese modo se puede lograr (y yo lo logré, y de todo corazón puedo decir que estoy contento, lo digo sin ningún cinismo, cosa que me sorprende tener que aclarar pero lo hago porque en este mundo en el que vivimos hoy en día no se puede decir algo así sin generar desconfianza), se puede lograr, decía, una sonrisa.

Join the Conversation

No comments

  1. Después de haber leido atentamente tu relato (aunque lo de atentamente es relativo ya que en este momento tengo abiertas no menos de seis ventanas del navegador (no es que las esté leyendo a todas al mismo tiempo tampoco, pero si estoy viendo si terminaron de cargar todas ya que tengo esa costumbre de abrir primero todos los sitios que quiero leer para no tener que esperar que carguen completamente una vez que decidí empezar a leerlos (no es que sea impaciente, sino que trato de aprovechar de la mejor manera posible la banda ancha y los recursos de mi máquina (que en realidad no es tan potente ya que hace rato que no la puedo actualizar como hacía en tiempos del innombrable (y aquí podría hacer una disgresión bastante larga pero prefiero dejarla para otro día (además no me quiero ir por las ramas)))))) quería decirte que me gustó.

  2. Sinceramente y sin animos de ofender, para mi tu relato es una revrenda pelotudez, y no ayuda a nadie.
    Saludos.

  3. Hugo ,lei el mensaje que le enviaste a la sra.del cambio de domicilio, ella estaba esperando una ayuda y vos como toda persona desubicada en vez de ayudarla le decis que su comentario con todo respeto era una pelotudes y realmente el que no ayuda a nadie sos vos ,hay que ser mas solidario y dar consejos para ayudar y no para mortificar a la gente que pide ayuda .Saludos.

Leave a comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *