Hay que andar al ritmo de la música

Hay que andar al ritmo de la música que suena en la cabeza. Hay que oírse por adentro: la propia voz, el bajo vientre, una batería de órganos en las sinapsis del cerebro, abriéndose camino hasta dar una frecuencia a los pasos, al pensamiento, a la ansiedad, la angustia y la alegría. Hay que dejar que un arpegio recorra el abdomen, que un glissando incline la cabeza, que un trino agite los dedos de los pies. Más: hay que ser música. Todo el resto es distracción.

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