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  1. Puedo hacer ejercicio.
    El aire dentro cambiará mis células, sacará lo que ya no sirve.
    Puede ser una aventura rescatar el recuerdo que guardan, celosos, los músculos apelmazados. Subir una escalera sabiendo que puedo. Bajar una parada antes para ver más cosas, dejar el coche en casa. Callejear para dejarme encontrar por lo inesperado, estirarme como un gato porque sí.
    Averiguar qué teme el cuerpo que me empeño en negar.
    Tirar el “tengo” a la basura.
    Buscar los mil sinónimos del “qué pasaría si…”

    ¿Por qué hacemso las cosas?
    Porque (aún) podemos.
    Un milagro.

    Jugar, por ejemplo, es un buen ejercicio.
    Los niños sanos no cuentan calorías quemadas, no piensan en colesterol ni en kilos. No temen al ataque al corazón.
    Salen a jugar a la mancha.

    Beso

  2. Yo también. Hasta hace poco tenía la rutina de ir a bailar tango todos los viernes, pero a pesar de ser una actividad placentera la interrumpí y me cuesta retomarla. Estoy pensando en algo que también sea gustoso y lúdico (Paz tiene razón, el objetivo principal debería ser el placer), como por ejemplo tai chi chuan, que practiqué durante un brevísimo tiempo y me encantaba. Además, una vez que aprendés la “coreografía” o como se llame, lo podés hacer en cualquier sitio.

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