Un cable eléctrico sale del techo

Un cable eléctrico sale del techo encima de la puerta del baño y baja junto al marco hasta el zócalo, asegurado prolijamente con grampas. Ahí gira en ángulo recto y sigue sobre el zócalo hasta el otro extremo del pasillo, dobla con la pared para adentrarse en el living, y desaparece en un agujero junto a la puerta de entrada.

-¿De dónde salió esto? -le pregunto a mi mujer.

-No sé -dice ella-. ¿Estás seguro de que no estaba antes?

El tema queda así hasta dos días después. Estoy escribiendo un email, y mientras trato de redondear en la mente una frase complicada, los movimientos aleatorios que mis ojos suelen hacer en esos momentos me llevan a mirar la línea que separa la pared del techo, en la habitación donde trabajo, por sobre el placard. Hay otro cable, que sale del ángulo izquierdo y se pierde en el ángulo derecho. Me levanto y voy a mirar la habitación de al lado, pero allá no hay ningún cable.

Esta vez no le digo nada a mi mujer.

Una semana más tarde me estoy duchando cuando noto un tercer cable, que aparece junto al respiradero del baño, se curva varias veces para esquivar el botiquín, y se hunde detrás del inodoro. Estiro la mano para tocarlo, la retiro asustado por el riesgo, termino de ducharme, me seco, y entonces sí, palpo el cable de un extremo al otro. Está firmemente agarrado. Buenas grampas, buen trabajo.

Nos vamos unos días de vacaciones. Me olvido del tema hasta que volvemos y encuentro el cuarto cable. Pasa junto a la cama, recorre tres paredes del dormitorio y sube hasta la ventana para partir rumbo al abismo del aire y luz.

No es posible explicar por qué algunas cosas se dicen y otras no en un matrimonio. La complejidad de una convivencia de diez años es como el flujo caótico de un líquido, que nada salvo el flujo mismo puede describir. Por motivos así de complejos el tema de los cables es tabú entre nosotros, lo siento con la precisión y a la vez la absoluta falta de comprensión con que nuestro cerebro puede percibir cosas como una cara o una relación de pareja.

Tras varios días sin palabras llega el domingo. Mi mujer y mi hijo salen a un pelotero, mientras yo me quedo durmiendo la siesta. Ahora acabo de levantarme y estoy en el baño, sentado, frotándome los ojos. Desde hace uno o dos minutos se oye un ruido rítmico, suave, como el de una almohada que golpea un colchón. Poco a poco el ruido va ganando espacio en mi consciencia, hasta que siento la necesidad de investigar.

Me pongo de pie, me acomodo la ropa, y sin tirar de la cadena salgo al pasillo en puntas de pie. El ruido suave viene del living. Abandono las zapatillas para mejorar mi silencio y recorro el pasillo lentamente. Justo antes de llegar al living me aprieto contra la pared. Asomo apenas la cabeza.

Es sólo un segundo. Vuelvo a esconderme. En el living hay un hombre. Está de espaldas a mí, agachado. Ha movido el sofá, separándolo de la pared, y trabaja allí en medio de todo, instalando otro cable. El ruido de almohada contra colchón es el que provoca el martillo con el que fija las grampas. No sé por qué suena tan amortiguado, pero tampoco me sorprende. Es como en un sueño, o como si estuviéramos bajo el agua.

Tengo que llamar a la policía, pero no sé el número. Voy en silencio hasta mi oficina y enciendo el monitor de la computadora. La computadora en sí siempre está encendida. Abro el Internet Explorer y busco “policía federal argentina”, tratando de tocar las teclas lo más suavemente posible. Google da el sitio de la policía como primer resultado. En el living, los golpes de almohada se detienen. Click. Aparece un escudo enorme y la frase “Al servicio de la comunidad”. Los golpes de almohada empiezan de nuevo, un poco más cerca. Click. Otra vez el escudo, ahora acompañado por unas veinte opciones. Yo sólo quiero un número, cuanto más corto mejor. Pero no, lo que hay es una dirección de email. Por el ruido me doy cuenta de que el hombre del living ha llegado al pasillo, y ahora empieza a poner grampas en la misma pared que lleva a mi oficina. Click, click: vuelvo a Google. Agrego a la búsqueda la palabra “emergencias”. Click. Los resultados no son alentadores. Cambio “emergencias” por “teléfono”. Click. El hombre avanza, los golpes se acercan. El primer resultado dice “LEVANTÁ EL TELEFONO, MARCA 101, TE CONTESTARA UN ADULTO, QUE ES EL OPERADOR”. Siento un nudo en el pecho y me muevo en la silla giratoria para alcanzar el teléfono. La silla hace un chirrido, y por un momento los golpes de almohada se detienen. Me paralizo. ¿Cómo haré para llamar por teléfono si el hombre de los cables me puede oír? Con la mano izquierda en el aire, a diez centímetros del teléfono, espero hasta que los golpes arrancan otra vez.

Levanto el tubo. Incluso el tono me parece demasiado fuerte. Marco un uno, luego un cero. No, no voy a poder hablar. Calculo que el hombre del cable está a dos metros de mi puerta. Cuelgo con el dedo índice.

Dejo el tubo junto al teléfono con un movimiento muy lento y me vuelvo al monitor, esta vez evitando el chirrido de la silla. Como si ese resultado de Google pudiera darme otra solución, hago click para ir a la página. Hay mucho texto, todo en mayúsculas. El sitio se llama “missingkids.com”. Es para chicos. “División Investigación de Delitos contra Menores”, dice. Sin poder evitarlo, aspiro hondo y suelto el aire en un chorro huracanado. La nariz hace un ruido espantoso.

En ese momento una cara asoma por la puerta.

Nos miramos, ojo izquierdo al ojo de la izquierda, ojo derecho al ojo de la derecha, como en un espejo. Hay un momento en que todo se detiene y a la vez gira a gran velocidad, con las contradicciones de que sólo la consciencia es capaz. El universo deja de expandirse y se achica, se achica hasta que sólo caben en él la habitación y el extremo del pasillo, una mirada y otra mirada. Con la reducción del espacio, el tiempo se estira proporcionalmente y tiende al infinito. La luz hace trucos lentos en las paredes, entre los libros, sobre la alfombra. De pronto estoy perdido, lo ignoro todo, me parece que la vida está hecha para este momento, no sólo mi vida sino toda la vida, la existencia completa. Pero lo que más ignoro es qué hace ese hombre ahí sentado, medio rostro a la luz azulada del monitor, medio rostro a la luz amarillenta del miedo. La sorpresa me hace soltar el martillo, mientras caigo de espaldas sin sentir el golpe y sin dejar de mirarle los ojos familiares. Él también me mira, y creo que gritamos al mismo tiempo.

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  1. Estimado Sr. Eduardo Abel Gimenez:

    Soy una buscadora incansable de cuentos sobre la luna.
    He leído algunos de sus textos y me gusta su forma de abordar los temas y sobre todo el ingenio.
    Me gustaría saber si dentro de su narrativa habría alguno que tenga que ver con la luna.
    Le agradecería mucho su respuesta.
    Gracias.

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