Sueño

[8/5/2003]

Soñé que entraba a trabajar en el Buenos Aires Herald. Era una oficina chica, tal vez de seis metros por cuatro, con tres escritorios. Paredes grises, sin ventanas, luz de tubo fluorescente. Había un escritorio de madera contra la pared del fondo, donde trabajaba el amigo que me había llevado, alguien a quien no conozco fuera del sueño.

Mi escritorio estaba en medio de la habitación, no se apoyaba en ninguna pared. Era de esos metálicos, angostos, con tapa de formica, polvoriento. Yo estaba entusiasmado. Me senté frente a la máquina de escribir (computadoras no había), puse una hoja en blanco y tecleé prolijamente un encabezado: “Buenos Aires Herald.” Las letras salían como en el título del diario.

Tenía que esperar a que me dieran trabajo, artículos para escribir, algo. Era muy lindo estar ahí, pero me daba un poco de nervios. Tal vez por eso, por los nervios, sentí ganas de ir al baño. Le pregunté a mi amigo dónde estaba, y me señaló una puertita a mis espaldas.

El baño era un asco. Las paredes marrones tenían ese aspecto típico de ciertos baños de bar, que da la impresión de que están cubiertas de mocos. Había una piletita roñosa, un espejo en el que era mejor no verse, una lamparita de veinticinco que colgaba sobre el espejo y un inodoro. El inodoro era más bien chico, redondo, y tenía una tapa de madera clara. Por encima, en la pared, había un enorme agujero cubierto a medias con una tabla malamente claveteada. La tabla estaba llena de inscripciones, casi todas en letras rojas. Podía leer lo que decían, pero no entenderlo: paradójicamente se me ocurrió que debían estar en inglés, idioma del que yo no tenía la menor idea.

Las dos tapas del inodoro estaban bajas, así que me incliné a agarrarlas por los lados con ambas manos, usando las puntas de los dedos. Mojadas y sueltas: las dos desgracias a la vez. Me quedé inmóvil en esa posición, la espalda encorvada hacia adelante, los brazos bien extendidos, con las tapas en las manos húmedas, pensando qué hacer a continuación.

Entonces me desperté. Abrí los ojos a la cama vacía, porque mi mujer había ido al baño verdadero, al nuestro, a esa prolija combinación de cosas blancas. Eran las cinco, hora puntual del insomnio. Tuve una sensación de pérdida como si en el sueño hubiera vuelto a los veinte años.

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  1. Es increíble que alguna vez (¿a tus veinte años?) hayan existido escritorios sin computadora. Hoy, la computadora ES el escritorio. Aunque a veces, de puro rebelde nomás, escribo algunas frases e ideas con bolígrafo en un cuadernito de hojas rayadas con espiral, esas formas irreemplazables de la tecnología.

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