La Jefatura

[25/2/2003]

El comedor era una habitación pequeña con una mesa servida para cinco en el centro. En medio de la mesa, sobre el mantel blanco, había un vaso de vidrio con dos flores artificiales. La ventana daba a un jardín, el jardín a un sendero de cemento, el sendero a una extensión de pasto verde y bien cortado, y el pasto a la alambrada. Más allá de la alambrada estaba ese mundo irreal en que la gente era libre.

La habitación recibía el pomposo nombre de casino de oficiales.

La puerta se abría a un pasillo, y justo enfrente había otro cuarto. Ahí pasaba yo largas horas luchando con la primera novela que leí en inglés, We can build you, de Philip K. Dick. La novela venía después de encerar los pisos de la Jefatura de esa minúscula, ignorada, inútil unidad militar. Ponía litros de cera, y la distribuía por medio de una enceradora que también esperaba la baja. Con ese olor daba lo mismo que las flores del casino no fueran de verdad.

Yo era uno de los seis soldados asignados a la Jefatura del lugar. Otro era un muchacho alto, rubio, con mucha calle y experiencia de mozo en lugares finos, al que el Jefe había rescatado para su servicio porque lo hacía quedar bien con los otros oficiales y algún invitado esporádico.

Se llamaba Víctor, o tal vez Jorge, no estoy seguro. Había traído su propia ropa de mozo, saco y camisa blancos, pantalón y moño negros, y se la ponía exclusivamente para el almuerzo. Llegaba la comida de la cocina, llegaban de a poco los cinco oficiales, y allí estaba Víctor o Jorge para dar jerarquía a la ocasión. Sabía plegar las servilletas de una manera especial, como un origami de tela. Sabía colocar los cubiertos a la manera de un restaurante de lujo. Sabía acomodar en los platos la comida militar para que pareciera comida civil. Y sabía pelar parcialmente las naranjas, cortando la cáscara en gajos o pétalos que luego curvaba sobre sí mismos y enganchaba en la base, con lo que se formaba una especie de flor que a los oficiales les encantaba.

También, y sobre todas las cosas, era el encargado de escupirles el café.

Es que estábamos condenados a las venganzas pequeñas, y, peor todavía, a sólo fantasearlas. Imaginar venganzas era un ejercicio más importante que el orden cerrado de las mañanas y el orden cerrado de las tardes, casi tan importante como el de pasar inadvertidos. Había que ser creativos, discretos, audaces, y luego saber disfrutar de cada idea aunque nadie, nunca, jamás la hubiera llevado a cabo.

Por eso tengo tan presente a Víctor o Jorge, y la ropa de mozo, y los rituales del almuerzo, por esa solitaria venganza exitosa: el café espumoso que nos aliviaba, nos redimía, nos devolvía algo de humanidad. El mejor momento del día.

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No comments

  1. Markelo dice:
    25/02/2003 a las 23:10
    Tu relato me ha reconciliado un poco con la humanidad.

    Yo no hice la colimba (la única ventaja de mi miopía) pero conozco a mucha gente que si y todos (¡todos!) , se la pasan contando «con orgullo» una y otra vez las mismas anécdotas de como los maltrataban, los bailaban, los estupidizaban…

    Son una raza de gente insoportable.

    Gracias Víctor (o Jorge) y Eduardo

    Eduardo dice:
    26/02/2003 a las 8:02
    ¡No puedo creer que nunca nadie jamás te haya contado lo de las escupidas en el café!

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