Cargando las cosas

[28/12/2002]

El hombre calvo está sentado en la silla del portero, de espaldas a la puerta del edificio. El portero, de pie frente a él, conversa mientras mira hacia afuera, con la dualidad que sólo se adquiere tras muchos años de vigilar una planta baja. El hombre calvo tiene shorts azules, camisa azul, zapatillas blancas sin medias, y fuma un cigarrillo rubio que está por la mitad. Devuelve mi saludo con un hola que no interrumpe la frase ininteligible en la que está sumergido.

Los dos ascensores están en el piso quince. Llamo uno, y no viene. Llamo el otro, y tampoco.

—Están los dos en el quince —le digo al portero—, y los dos con la puerta abierta.

—Es mi familia —se adelanta a contestar el hombre calvo—. Están cargando las cosas.

Habla con voz suave, tranquila, de living. Tiene las piernas abiertas a más de ciento veinte grados. Son cortas, rechonchas. La lengua de cada zapatilla asoma unos cinco centímetros por encima de los cordones.

Vuelvo a apretar un botón, vuelvo a apretar el otro. Los acensores siguen firmes en su lugar entre las nubes.

—Están cargando las cosas —repite con el mismo tono el hombre calvo—. Yo bajé primero y.

La frase termina en esa letra exacta, mientras el portero empieza a contestar algo que proviene de la conversación que mantienen de antes.

—Deben ser muchas cosas —digo, tratando de imitar la voz de living.

No hay respuesta. Tal vez no me han oído. Segundos después el ascensor de la izquierda empieza el descenso. Pronto lo sigue el otro. Miro el indicador luminoso del primero: 14, 13, 12, 11… El cigarrillo del hombre calvo se consume de a poco. Olvido decir que estoy masticando un chicle, cosa que me viene al foco de la conciencia sin previo aviso y vuelve a irse del mismo modo.

Abro la puerta externa del primer ascensor. Su ocupante, un adolescente, abre la interna. Lo acompaña una variedad de pequeños bolsos, paquetes, bolsas de plástico que tapizan el suelo. Esto va a llevar un siglo, así que me vuelvo al otro ascensor. Cuando llega, su contenido resulta ser una niña, una mujer y dos animales. El canario está en su gran jaula con forma de cúpula, y es el primero en ser desalojado: se lo lleva la niña. La mujer, en cambio se ocupa del conejo: una cosa gorda y blanca que lleva una cinta roja en el cuello, atada con un moño por detrás de las orejas.

Saludo a todos con más voz de living y subo a mi sexto piso pensando el comienzo de este texto. Es algo completamente trivial pero por sobre todo es irresistible, y ahora además soy consciente de ese carácter de irresistibilidad, de cosa inevitable, a partir de haber leído, anoche, la frase que en su autobiografía García Márquez le atribuye a Rilke: “Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir, no escriba.” Un golpe bajo, un decidido golpe bajo que uno no merece encontrar en la página 123, que es como decir cualquier página, de un libraco de 579 páginas que aún no sé si va a resultar todo legible.

Mi mujer está en el baño, así que vengo derecho a la computadora y empiezo a escribir. Estoy en mitad del primer párrafo cuando suena el timbre del portero eléctrico. Un brevísimo reguero de culpa me recorre la espalda: abajo, cerca del timbre, están el hombre calvo, su familia, el canario, el conejo y el portero, tal vez discutiendo mi escasa cortesía o mi poca paciencia. Quito el pensamiento de la cabeza imaginando algo que me hace gracia: “Debe ser lo de siempre: el afilador o la Biblia.” Pero es una mujer que dice traerme la póliza de seguro de mi casa. Le abro la puerta de abajo y la espero sin dejar de pensar en la continuidad de ese párrafo inicial, el que describe al hombre calvo allá en la silla, con su cigarrillo que huele a mi pasado. Abro la puerta del departamento en el mismo momento en que la mujer abre la puerta del ascensor. Me da la carpeta, se la agradezco, vuelve al ascensor. Como un afterthought propio de estos días, se vuelve para agregar:

—Felicidades.

—Igualmente —le contesto, pero la palabra se me traba un poco, como me suele ocurrir con esas palabras largas que deberían salir al estilo de un reflejo condicionado y sin embargo fracasan en el intento.

No abro la carpeta. Vengo aquí, a mi lugar en el mundo, a terminar el párrafo. Pero entonces mi mujer sale del baño, intrigada por el timbrazo, y ahí sí, miro la carpeta, le explico (a mi mujer) de qué se trata, comentamos el precio, todo sin moverme de la silla. Después vuelvo a quedar solo.

Ah, bueno, ahora sí puedo terminar de escribir estos tres minutos de vida.

*

Más tarde, se me ocurren dos cosas sobre la escena de la planta baja.

La primera es que en ese lugar no hay cenicero. El hombre calvo debía estar tirando la ceniza en el piso. Y luego habrá tirado al piso los últimos restos de filtro, tabaco y papel, para terminar de matarlos con un golpe de zapatilla blanca. Sin embargo el portero, que más tarde tendría que barrer el resultado de toda esa actividad, lo miraba con expresión amistosa.

La segunda es que no se dice portero, se dice encargado.

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