La heladera

[4/12/2002]

—Antes de la devaluación tendríamos que haber…

Así empiezan muchas frases en la charla de todos los días. “De haber tenido plata” es la parte implícita. Es decir que, de haber tenido plata, antes de la devaluación podríamos haber hecho muchas cosas que ahora no podemos, y no sólo por no tener plata sino porque aunque la tuviéramos ya no valdría lo mismo.

Una de esas tantas cosas es comprar una heladera. Moderna, bonita, con freezer, cajoncitos para verdura, que se descongele sola (o como sea que funcionan las heladeras ahora). Una de esas que siempre parecen llenas de cosas ricas.

La heladera que tenemos viene de unos veinticinco años atrás. Funciona. Pero no es tan vieja como para resultar querible, ni tan nueva como para resultar satisfactoria. Junta mucho hielo. Cada vez más, y más rápido. De manera que periódicamente hay que desenchufarla, abrir las puertas, consumir rápidamente lo que quede en su interior, acordarse de vaciar muchas veces la bandeja para el agua del deshielo que tiene abajo de todo, etcétera.

No somos prolijos al respecto. La dejamos demasiado tiempo. El hielo llena el congelador hasta que ya no se puede abrir, y se genera la conocida paradoja de que semejante iceberg mantiene el resto del interior completamente tibio. Es más: durante esos días más bien frescos que tuvimos había que meterse adentro de nuestra heladera para lograr algo de calorcito.

Finalmente, diría que con meses de atraso, nos decidimos a atacar el problema y la descongelamos. Llevó un día. En el proceso tomamos demasiados yogures, usamos demasiados sobrecitos de queso rallado de los que envían los restaurantes con delivery, descubrimos un experimento de Gabriel congelado en el fondo de una barrera de hielo mayor que el mar de Weddell, inundamos la cocina por dejarnos estar con la bandejita del deshielo, nos quedamos sin leche, sin cerveza, sin manteca.

Debería decir que uno de los accidentes que tuvimos fue gracioso, pero la verdad es que dejó un gusto (literalmente) amargo. Cierto experimento de Gabriel consistía en un vaso de agua jabonosa tomado directamente de la bañera tras uno de sus largos baños/juegos de inmersión, puesto a congelar en la parte superior de la heladera “para ver cómo queda la espuma”. Es evidente que al ponerlo ahí, tiempo atrás, volqué una parte del contenido sobre la cubetera. Ahora, antes de quedarnos sin cubitos, decidimos tomarnos el Gancia que había y le echamos, sin saberlo, esos trozos de hielo enjabonado. Lamento decepcionar a quien lea esto al decir que no llegamos a echar espuma por la boca, pero nos habría gustado hacerlo.

No, Gabriel no toma Gancia. Todavía no prueba su propia medicina.

Ahora la heladera está libre de la carga antártica, y basta con ponerla a mitad de potencia para que todo parezca digno del mejor invierno. Eso sí, ocurre algo que seguramente no pasaría si hubiéramos hecho a conciencia nuestros deberes previos a la devaluación: cada vez que tomo un traguito de agua me duelen los dientes.

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  1. Comentario técnico:

    Es probable que los burletes de la puerta ya no cierren bien (Entra aire humedo, que se condensa y forma el “mar de Weddell”) Tendrías que cambiarlos.

    Si es una heladera con freezer puede ocurrir también que no funcione una resistencia que va entre el gabinete y el freezer (o por allí cerca dependiendo el modelo)

    Saludos

  2. Comentario normal (¿?)

    Ah… pero entonces el experimento de Gabriel salió perfecto 🙂

    Por supuesto no es necesario que tome Gancia para probar su propia medicina. Un poco de gaseosa sería suficiente… (Pero no me das el “target” de padre revanchista (sino mas bien todo lo contrario))

  3. Gracias, Markelo, por tus comentarios (me refiero a los tres, pero más que nada al técnico (lo de los burletes es un muy buen dato que voy a averiguar (aunque eso de que no doy el target de padre revanchista no está mal (nada mal (lo digo en serio))))).

  4. ay, Eduardo! morí de risa con el experimento. recuerdo que en una oportunidad mi hermano experimentó con espuma, pero hecha propósito para la ocasión… ah, y no me sé que pasó, pero si me acuerdo de los gritos de mi madre, jaja

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