Recuerdos o no

[4/11/2002]

Estoy a punto de dormirme pensando en algo que dijo mi mujer, cuando otra cosa entra en mi mente. Viene de ninguna parte, sin aviso, a interrumpirme. Puede ser un recuerdo: camino por unas calles casi despobladas, en busca de la casa de alguien. Estoy con mi mujer, o tal vez no sea ella sino una pareja anterior; más que la persona, es el vínculo lo que está claro. Pero el hecho de caminar no es lo central, sino la contemplación en sí misma. Me parece ver el plano del barrio en que me encuentro, calles ortogonales, manzanas en damero, y hay cuatro cuadras en una dirección, seis cuadras en la otra, la mayor parte sólo terrenos baldíos. La casa que buscamos está en una calle perpendicular a la dirección en que veo el conjunto.

Sí, tiene que ser un recuerdo, pero no consigo ponerlo en ningún sitio, ninguna época. También podría ser un sueño. O el recuerdo de un sueño.

La casa que buscábamos es pequeña y un tanto vieja, en contradicción con el barrio, que sin duda ha sido trazado hace poco y está apenas ocupado por unos pocos chalets de dos ambientes con ladrillo descubierto. Estoy en la vereda, mirando la casa a través de una alambrada. Y sin embargo tengo una imagen difusa del patio interior, con una mesa destartalada, las puertas altas y oscuras de una casa-chorizo, una mujer baja vestida de negro con un delantal claro. También puedo ver algo de la casa de al lado: está cerrada, vacía; tiene las paredes revestidas de piedra; el césped, afuera, está bien cortado, no como en “nuestra” casa, cuyo jardín es desprolijo.

Lo curioso es que no presto atención a lo que veo, sino a las dudas sobre su origen. ¿Estuve en este lugar alguna vez? ¿Lo estoy inventando ahora? ¿Está regresando de un sueño muy antiguo? No lo puedo saber. Es muy convincente la creencia de que el lugar existe, o existió. Se me impone. Y a la vez me falta la comprobación de un recuerdo más preciso. ¿Tal vez esto ocurrió cuando era muy chico? ¿Puede ser que esté con mis padres? ¿Sólo con mi madre?

No, no es así. Fui de adulto. Tenía comprensión del espacio, una idea muy clara de la disposición del barrio. Recorro mentalmente distintas eras geológicas de mi vida, rastreando el momento que ahora me toca revivir. Voy muy lejos. Pero no encuentro nada.

Y ahora esto también se desdibuja, porque tengo otro recuerdo, de otro barrio, otro momento, otro viaje. En un colectivo, ando por una calle que debe estar en la mitad sur de la ciudad. A ambos lados hay edificios de varios pisos. La calle termina un par de cuadras más adelante, donde sé que el colectivo girará unos metros a la derecha para luego volver a doblar a la izquierda. También veo el plano del barrio, debí consultarlo en una Filcar. Estoy solo, voy a visitar a alguien por primera vez. Pero no sé a quién. Tampoco lo recuerdo. O estoy en otro sueño.

Esta segunda escena es más débil que la primera. La primera trata de volver, se superpone a la segunda. Y entonces, aprovechando la lucha, una tercera situación relacionada con planos y casas salta hacia mí. Hay una avenida larga, que va hacia el sur cerca del río. No estoy viajando, es algo que sé, veo más o menos toda la avenida y entiendo que voy allá al final, a un pequeño barrio encerrado entre depósitos. Al mismo tiempo, sé que hay una plaza, la veo, es una plaza oscura en el centro de la ciudad, con árboles muy altos, rodeada de edificios de tipo ministerial. La plaza y la avenida son parte de un mismo recuerdo, un mismo lugar, aunque estén disociadas.

Nada de esto se corresponde con sitios de Buenos Aires. Y sin embargo creo que estoy aquí, en la ciudad. No puede ser en otra parte. Una idea lateral me encandila por un momento: escribir un cuento, o una novela, en una Buenos Aires donde las calles son otras, los nombres son otros, pero en una recombinación de elementos porteños que hagan la ciudad inconfundible; más aún, llamarla Buenos Aires, declarar que es Buenos Aires. Y no dar explicaciones.

Estoy en todas partes: en el barrio raleado, en el colectivo, en la avenida del sur y la plaza. Comparo las situaciones entre sí, asignándoles distintos grados de credibilidad. Me sorprende el acumular tantos recuerdos que podría llamar catastrales. O el tener tantos sueños semejantes, que sin embargo parecen separados por intervalos de años y años. Me siento al borde de entender algo, a punto de llegar a una conclusión.

Pero no hay momento culminante, no hay resolución. Me canso, me distraigo. Dejo todo de lado. Vuelvo a la imagen más fuerte, la casa pequeña y vieja en ese barrio despoblado, seguramente en las afueras de la ciudad, hace mucho tiempo. Y entonces no recuerdo nada más, y ya son las cuatro y media de la madrugada, y me duele la espalda, y me doy vuelta para seguir durmiendo.

Author: Eduardo Abel Gimenez

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