El viejo ciego

[20/8/2012]

Todos los días, a eso de las nueve de la mañana, el viejo ciego caminaba lentamente hasta el final de la pared, en la esquina, donde el bastón llegaba a asomarse al vacío. Nunca iba más allá. Se quedaba unos minutos parado, negando con la cabeza, y entonces daba media vuelta y desandaba sus pasos.

Yo miraba todo desde el kiosco de enfrente, esperando que otras personas, con mejores ojos que el viejo ciego, se dejaran tentar por los colores de las golosinas.

Una vez, mientras el viejo le decía que no al agujero sin forma que tenía delante, salté de mi silla sin pensarlo y me acerqué a él.

—Buenos días —le dije—. ¿Quiere cruzar la calle?

La cara se le iluminó. Giró la cabeza hasta mirar en una dirección que quedaba a treinta grados de mí, como suelen hacer los ciegos, y dijo:

—Si, hijo, sí.

Tanteando un poco logró tomarme el brazo, y ahí fuimos, primero a bajar el cordón, luego a recorrer el asfalto, por último a subir el otro cordón.

—Muchas gracias —dijo el viejo.

No respondí. Me soltó el brazo y se fue en busca de la otra pared, en ese nuevo mundo que empezó a explorar de inmediato.

Volví al kiosco, justo a tiempo para recibir el llamado telefónico. Las noticias me obligaron a cerrar el kiosco lo más rápido posible y, en pocos minutos, salir corriendo en dirección contraria a la que había seguido el viejo ciego. Unas horas más tarde estaba en un avión, viajando a otro continente.

Yo, después de varios años, sigo sin haber regresado. El viejo, no lo sé.

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