Una casa igual a la torre Eiffel sobre el monte Everest

[9/8/2002]

Una familia quiere hacerse la casa más rara del mundo y ponerla en el lugar más raro del mundo. Como tienen más plata que Bill Gates, pueden permitirse casi cualquier cosa.

Primero piensan en cómo va a ser la casa.

—Podríamos construirla en forma de globo —dice el padre.

—O de nave espacial —dice la madre.

—O de hormiguero —dice el hijo.

Al final, se deciden por hacer una casa idéntica a la torre Eiffel.

Llaman a un arquitecto especialista en ese tipo de construcciones.

—No hay problema —dice el especialista, conociendo la fama de las cuentas bancarias de esta familia-. ¿Dónde la quieren?

Esa es la siguiente decisión a tomar. Primero descartan algunos sitios donde nadie en su sano juicio querría vivir (el fondo del mar, el centro de Buenos Aires). Y finalmente llegan a una idea los tres al mismo tiempo:

—¡La cima del Monte Everest!

El arquitecto abre la boca bien grande, la cierra, lo piensa dos veces y responde:

—Muy bien. Pero construir una casa en la cima del Monte Everest es muy difícil, así que propongo que la hagamos de un modo original.

—¡Eso, eso, original! —dicen al unísono el padre, la madre y el nene.

—Podemos armar la casa en el espacio —dice el arquitecto—, y luego bajarla suavemente, con la ayuda de cohetes, a la cima del Monte Everest.

Y así se hace. Primero construyen una estación espacial. Luego, en la estación espacial, construyen la casa con forma de torre Eiffel. Y por último bajan la torre, con mucho cuidado, a la cima del Monte Everest.

Completamente encantados, los tres integrantes de la familia entran por primera vez a la casa.

—¡Qué frío que hace! —dicen.

—¡Caramba! —responde el arquitecto—. ¡Me olvidé de la calefacción!

No hay más remedio que volver a elevar la torre al espacio, instalarle la calefacción y volver a depositarla, siempre usando varios cohetes, en su lugar sobre la montaña.

La madre, el padre y el hijo entran en la casa. Está bien calentita, y se ve fantástica. El padre decide ir a la heladera a buscar algo rico y…

—¡Está todo tibio!

—¡Caramba! —dice el arquitecto—. Me olvidé de la electricidad.

Encargan nuevos cohetes, suben la casa al espacio, le agregan las instalaciones eléctricas, bajan la casa a su sitio. Entran.

—¡Qué bien! —dice el padre mientras se hace un sandwich maravilloso con las cosas que encuentra en la heladera.

—Me voy a dar una ducha —anuncia la madre.

Abre la canilla y…

—¡No hay agua!

—¡Caramba! —dice el arquitecto, y no necesita continuar.

Suben la casa, le agregan lo necesario, bajan la casa. El padre se hace otro sandwich, la madre se ducha. El nene…

—Voy a ver la tele —dice.

Prende el aparato y…

—¡Oh! —dice el arquitecto, francamente preocupado—. Creo que…

Ahora están todos un poco enojados.

—Es que resulta muy difícil instalar estas cosas en la cima del Monte Everest —dice el arquitecto—. Y además, caro.

—Eso es verdad —dice el padre.

—Las cuentas bancarias ya no son lo que eran —dice la madre.

—Pero yo quiero la tele —dice el nene.

—Tengo una solución —dice el arquitecto—. Con la experiencia que hemos logrado construyendo la casa en el espacio, sugiero que se queden a vivir allá arriba. Todo será más fácil y más barato, y si falta algo no tendremos que subir la casa, arreglarla, bajar la casa y todo eso.

—De acuerdo —dicen el padre, la madre y el nene.

Y así lo hacen. Con su propia torre Eiffel en órbita baja, viven felices y el arquitecto va y les instala todo lo que se les ocurre cada vez que lo llaman. Al nene lo llevan cada día, en un cohete pequeño, a la escuela.

Agrega Gabriel: Y como vive tan lejos llega siempre tarde. ¡Después de la hora de plástica!

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