Elevador de tensión

[2/7/2012]

En la última hora ocurrió dos veces que bajó la intensidad de la luz. Me acordé de la época en que era lo usual, allá por la década del sesenta, cuando estábamos acostumbrados a que las lamparitas más poderosas languidecieran con un brillo apenas perceptible debido al mal servicio.

Más todavía, me acordé del elevador de tensión. Era una caja gris, de unos treinta centímetros de ancho, veinte de alto y veinte de profundidad, con una perilla que tenía doce posiciones numeradas, y un vúmetro. Cuando las lamparitas empezaban a dar señales de depresión, uno de mis padres decía:

—Hay que poner el elevador.

Y allá iba yo, el niño de la casa, encargado de la tarea importante, corriendo a pasar la perilla del uno al dos. A veces incluso al tres.

Cuando llegamos a tener tele el síntoma disparador cambió: la imagen de la pantalla perdía altura, se convertía en una banda horizontal, más delgada cuanto más baja estuviera la tensión. Había que ir bien rápido entonces a regular la perilla.

El fenómeno inverso, cuando la tensión subía, era terrible. El elevador tenía una alarma, una chicharra fuertísima que ponía los pelos de punta y obligaba al emisario (o sea, yo) a redoblar la velocidad.

Me acuerdo de haber pasado ratos mirando el elevador, fantaseando con esa situación límite en que hubiera que poner la perilla en el doce.

No sé qué fue de ese aparato, tendré que preguntar. Me parece que cayó en desuso durante los setenta, cuando los problemas a resolver se hicieron más graves y no sólo para mí. Otras clases de problemas, en que la perilla llegó al doce con frecuencia.

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  1. En mi casa había un aparato que se ponía debajo del televisor, era verdoso y se llamaba estabilizador. No se fabrican más. Será por eso que estamos como estamos.

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