El proyector

[8/6/2002]

De noche, cuando cierro los ojos para tratar de dormir, se enciende el proyector. Un proyector confuso, extraño, que emite varias señales a la vez y se mueve demasiado rápido. El director y el editor de esas películas están locos: la mayoría no significa nada, no hay argumento, las cosas se repiten una y otra vez.

En ocasiones todo es más o menos tranquilo. Pero también ocurre que el remolino me absorbe, corregido y aumentado por una banda de sonido interna capaz de alterar los nervios de cualquiera.

Así aparecen cosas imprevistas, de las que luego me arrepiento. Anoche, por ejemplo, estaba caminando sobre una cuerda floja, con un gran palo en las manos para conseguir el equilibrio, entre dos terrazas de edificios, a muchos metros por encima de la calle. Yo no sé caminar sobre la cuerda floja. Y además tengo un poco de vértigo. Estaba condenado al desastre, así que me puse tenso y traté de cambiar de canal. Para qué. Había una de mí mismo caminando de nuevo por la cuerda floja, ahora sobre las cataratas del Niágara (porque alguna vez leí que alguien lo intentó, no sé si con éxito). Por supuesto, la cámara apuntaba hacia abajo, hacia el agua que caía y la espuma en el fondo. Tuve que abrir los ojos, estudiar el cuadrado liso del techo, pensar activamente en otra cosa.

Todo esto venía acompañado por la repetición incesante de “Quizás porque”, de Charly García.

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